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martes, 25 de enero de 2011

AHORA LO LLAMAN COACHING


Muchacha griega (Korai)

Con tanta diversificación y aparición de nuevas disciplinas nos olvidamos que la utilización de tanta palabra inglesa enmascara conceptos ya sabidos, y me dirá mi amiga Pilar que es un idioma flexible y por eso la moda de su uso en numerosas materias. Pero como una cosa no quita la otra me he propuesto hacer “arqueología de los significados”. Ahora no me va a venir cualquier conferenciante o experimentado de turno a que se me quede cara de paisaje cuando le escuche decir en este caso –Coaching- por allí o –Coach- por allá. Vamos que ya estaba Sócrates con su Método y Retóricas entrenando al personal para buscarse la vida y que no se la dieran con queso.

Es un tipo de entrenamiento que se da en un entorno dado, consistente en un proceso interactivo (diálogo) y transparente (claro-razonado) mediante el cual el entrenador y la persona implicada buscan el camino más eficaz para alcanzar los objetivos fijados, utilizando sus propios recursos y habilidades.
Este proceso parte de la premisa de que la persona que recibe el entrenamiento es el individuo que cuenta con la mejor información para resolver las situaciones a las que se enfrenta. Por tanto, el entrenador asiste al sujeto a aprender de sí mismo.
El método que empleaba Sócrates era el de la mayéutica o pregunta dirigida, con el que lograba, siguiendo una secuencia lógica de razonamientos y planteando hábilmente sutiles contraejemplos, que el discípulo encontrara su propia respuesta, la cual nunca recibía directamente de Sócrates sino que llegaba a ella como resultado de la investigación conjunta de maestro y discípulo, o grupo de discípulos.
Los problemas sobre los que dialogaba podían ser planteados por cualquiera de los participantes, o por el propio Sócrates. El diálogo socrático se desarrollaba aproximadamente de la siguiente manera:
DISCÍPULO: Sócrates, ¿qué es la virtud? SÓCRATES: ¿Qué crees tú que es la virtud? D: (tras algún titubeo) Creo que la virtud… es obrar bien. S: Ciertamente. Pero, ¿dirías tú que un hombre que obra bien por azar es virtuoso?D: No, no diría tal cosa. Parece que, para ser virtuoso es necesario obrar bien con conciencia de ello. S: Sin embargo, un hombre que obrara bien de manera plenamente consciente, tan sólo porque se lo ordena la ley, ¿es virtuoso?D: Sin duda que no. Al contrario, puede, ciertamente, ser un rufián. S: ¿Qué dirías tú que es la virtud, entonces? D: (tras algún titubeo) Creo, Sócrates, que la virtud consiste en obrar bien por el deseo sincero de hacerlo así, para lo cual no hace falta que la ley lo obligue a uno.S: Has dicho bien.
En este punto podría terminar el diálogo, o derivar, por ejemplo, hacia el problema de la necesidad o no de la existencia de las leyes, o hacia la búsqueda de una definición precisa del “bien”…
Es importante advertir que Sócrates no se limita a hacer preguntas, ni las formula al azar. Parte del principio de que quien se interesa por un problema posee, al menos, un preconcepto del mismo; en alguna parte, en algún contexto, ha tenido noticia de aquello que llama su atención. Alguna idea del concepto, por vaga que sea, debe tener. Sócrates explora primeramente cuál es esa idea, que será el punto de partida de su mayéutica. En el proceso, aprueba la respuesta del alumno cuando es correcta, pero le hace ver si es incompleta o errónea mediante contraejemplos que le hagan razonar adecuadamente. A través de un diálogo en aparente igualdad de condiciones, es Sócrates quien realmente dirige el proceso. El discípulo ignora cuál será el resultado, pero Sócrates sabe muy bien a dónde quiere llegar. Él conoce las respuestas, y guía la indagación del alumno al objetivo previsto.

Cariátide
Entrenar el cuerpo y la mente es aquello tanto admirado por nuestros parientes griegos. De ahí surgía la belleza como equilibrio de virtud. Llegar hasta el final mortal, cultivando (entrenando) ciudadanos libres.
Conseguir la capacidad física para participar y sobrevivir en combate, aprendiendo además las diferentes habilidades que se necesitan en tiempos de conflicto y crisis. Mejorar el rendimiento cotidiano para cubrir y desarrollar nuestras necesidades de supervivencia.
Carrera hacia la meta, resistencia en la lucha y persistencia en el diálogo. Hermosa paideia a la luz de un mar antiguo y un cielo abierto.

martes, 14 de septiembre de 2010

LA INTELIGENCIA COMO ARMA DE GUERRA


Ruth Benedict

En la Segunda Guerra Mundial se movilizaron cientos de miles de reclutas y muchas toneladas de acero y explosivos. Pero también se movilizó, con sorprendente eficacia a veces, mucha inteligencia.

En junio de 1944 la guerra del Pacífico estaba en su apogeo. Dos años y medio de lucha contra los japoneses habían demostrado a los norteamericanos que la victoria no iba a ser nada fácil. No era sólo que los problemas logísticos tuvieran una envergadura inédita (¿hace falta recordar el tamaño del Pacífico?). las autoridades estadounidenses -descorcentadas ante las dificultades para predecir el comportamiento del enemigo en el Pacífico y necesitadas de un repertorio de soluciones para acelerar la victoria primero e institucionalizar la ocupación despues- encargaron a Ruth Benedict un estudio de antropología cultural sobre las normas y valores de la sociedad japonesa. Resultado del trabajo llevado a cabo, El crisantemo y la espada -titulo que hace referencia a las paradojas del carácter y estilo de vida japoneses-se convirtió practicamente desde su aparición hasta el día de hoy en un clásico imprescindible para aproximarse al conocimiento de los complejos patrones de la cultura japonesa, que explican no solo el militarismo de tiempos pasados, sino también la fabulosa expansión pacífica llevaba a cabo por el pueblo japonés desde el final de la segunda guerra mundial.

Un enemigo, además, profundamente extraño. En palabras de Benedict:

“Al igual que la Rusia zarista antes que nosotros, en 1905, luchábamos contra una nación perfectamente armada y adiestrada que no pertenecía a la tradición cultural de Occidente. Era obvio que para los japoneses no existían las convenciones bélicas que las naciones occidentales habían llegado a aceptar como hechos humanos naturales (…) En realidad, el problema principal estaba en la propia naturaleza del enemigo. Debíamos, ante todo, entender su comportamiento para enfrentarnos con él.”

Un ejemplo de esta extrañeza era el comportamiento de los japoneses ante la derrota:

“Durante la campaña en el norte de Birmania, la proporción de prisioneros [japoneses] con respecto a los muertos fue de 142 a 17166; es decir, de 1 a 120. Y de los 142 soldados que se encontraban en los campos de prisioneros, todos, excepto una pequeña minoría, se hallaban heridos o inconscientes cuando fueron apresados (…) En los ejércitos de las naciones occidentales, es un hecho reconocido que las unidades no pueden resistir a la muerte de la cuarta o la tercera parte de sus efectivos sin rendirse. La proporción entre los que se entregan y los muertos es de cuatro a uno.”

Cuatro a uno en occidente, uno a ciento veinte en Japón. Está claro que eran diferentes.
Otro ejemplo: los oficiales japoneses no tenían reparos en sacrificar a sus hombres si con ello conseguían el éxito de una misión. Esto parece inhumanos, pero es que los propios soldados preferían morir a la ignominia de rendirse. El trato que daban los japoneses a sus prisioneros de guerra era atroz, pero sus propios heridos no corrían mucha mejor suerte: no se preocupaban de evacuarlos, y cuando se retiraba el batallón de una posición, el oficial al mando a menudo los mataba de un disparo.
Ante este panorama, el alto mando norteamericano hizo algo muy notable. En lugar de demonizar a los nipones como bestias inhumanas, como ciegos fanáticos, hubo quien pensó que había que intentar entenderlos. Y contrató a Ruth Benedict, que era, junto con Margaret Mead, la antropóloga más brillante del momento, para esa tarea.
No fue fácil: estaban en guerra, y era imposible utilizar la principal herramienta del antropólogo, el trabajo de campo. Benedict lo suplió entrevistando hasta la extenuación a docenas de inmigrantes criados en el Japón. Y empapándose de toda la literatura japonesa que pudo:

“Al revés de lo que sucede con muchos pueblos orientales, los japoneses tienen una gran tendencia a escribir sobre sí mismos. Escribieron sobre las trivialidades de su vida, lo mismo que sobre sus programas de expansión mundial. Y eran notablemente francos. Claro está que no daban una imagen completa. Nadie lo hace. Un japonés que escriba sobre el Japón pasa por alto cuestiones verdaderamente cruciales, pero que son para él tan diáfanas e invisibles como el aire que respira, y lo mismo hacen los norteamericanos cuando escriben sobre los Estados Unidos (…)
Leía esta literatura como Darwin dice que leía cuando estaba trabajando en sus teorías sobre el origen de las especies, anotando todo aquello que no lograba comprender. ¿Qué necesitaría saber para entender la yuxtaposición de ideas en un discurso pronunciado en la Dieta?¿A qué respondía la repulsa de un acto que parecía trivial y la fácil aceptación de otro que parecía ultrajante? Yo leía haciéndome siempre la misma pregunta: Hay algo absurdo en esta imagen. ¿Qué necesitaría saber para entenderla?”


“Esto me parece absurdo, luego no lo entiendo bien”: maravillosa actitud, y sumamente infrecuente.
El resultado de este trabajo se publicó en forma de libro en 1946, con el título de -El crisantemo y la espada-, y fue un éxito inmediato. Aunque la mentalidad japonesa seguramente ha cambiado mucho en sesenta años, sigue siendo una lectura extraordinaria.

Empezaba diciendo que la Segunda Guerra Mundial sirvió para movilizar mucha inteligencia. El 11 de septiembre de 2001 vivimos una agresión en suelo norteamericano sólo comparable a la de Pearl Harbor. Se dice que desde entonces estamos en guerra contra un enemigo formidable y profundamente extraño. Pero no parece que el Pentágono haya contratado a ninguna Ruth Benedict que le ayude a entender al enemigo. Quizá es sólo un ejemplo más del general declive de la inteligencia.

Benedict quería averiguar por qué los japoneses estaban perdiendo la guerra y seguian dispuestos a morir antes que dejarse capturar. Le desconcertaban las paradojas que observaba: un pueblo que podía ser cortés e insolente a la vez, rígido y al mismo tiempo permeable a las innovaciones, sumiso y sin embargo difícil de controlar desde arriba, leal y a la vez capaz de traicionar, disciplinado y, en ocasiones insubordinado,dispuesto a morir por la espada y a la vez tan afectado por la belleza del crisantemo.

En este libro se le dedican muchas páginas a los concepto de ON y otros derivados como Chu, que supone fidelidad al Emperador, de Gi como actitud correcta o rectitud y Gimu: como las diferentes categorías de compromiso y obligación que tienen los japoneses. Son especialmente interesantes los conceptos de: Ko o piedad filial, Katajikenai o la extraña definición de cuando alguien se siente insultado, Jiriki o la autoayuda que solo depende de las propias potencialidades que se han entrenado para que estas sean eficaces.

El japonés también tiene un extremado sentido de lo que es capaz de hacer y debe hacer sumado a un extraordinario sentido del deber y a eso se le podría llamar (jiriki) o la autoayuda que solo depende de las propias potencialidades que se han entrenado para que estas sean el máximo de eficaces. Dice Benedict: en la batalla el espíritu(y la voluntad) superaba incluso el hecho físico de la muerte. Una emisión radiofónica explicaba el heroísmo de un piloto y el milagro de su conquista de la muerte: Resumiendo el mensaje es que un capitán que pilotaba un avión fue de los primeros en llegar a la base , allí contó uno a uno todos los aviones de su escuadrilla que iban llegando, cuando acabó con el recuento que era su obligación como capitán cayó desplomado y muerto. Los aviadores se acercaron y descubrieron que su cuerpo estaba frío y que tenía una herida, es decir que hacía unas horas que había muerto en el combate y sin embargo su espíritu, voluntad y fortaleza le permitieron" vivir" hasta cumplir su misión.

Kamikazes

martes, 25 de mayo de 2010

MARÍA DESCUBRIÓ A MONTAIGNE


María de Gournay nace en París el 6 de octubre de 1565. Su padre Guillaume Le Jars, tesorero real, fallece en 1578 cuando la joven María apenas tiene 13 años, siendo esta la mayor de seis hermanos. Desde entonces su madre, Jeanne de Hacqueville, desatiende las manifiestas inquietudes intelectuales de su hija, formándola para la economía doméstica y la crianza dentro del más estricto "código femenino" de la época. Sin embargo este destino no contentaba a María, razón por la cual, se inicia en el aprendizaje del griego y del latín de forma totalmente autodidacta a través de la comparación de textos clásicos con sus traducciones. Tradujo obras de Salustio, Ovidio, Virgílio y Tácito.

Alternando lecturas clásicas con los textos de su época es como a la edad de dieciocho años, María descubre la primera edición de los Ensayos de Miguel de Montaigne que le provocarían una profunda epistemofilia por el filósofo.


En 1586 la familia se traslada a Gourney, al señorío que su padre compró antes de morir, pero dos años más tarde, en 1588, durante una breve estancia de María en París, esta hace llegar a Montaigne una carta en la que le traslada su deseo de conocerle. El encuentro se produce un día más tarde y desde entonces se inicia una de las relaciones más fructíferas y ambigüas que ha conocido la historia del pensamiento. Montaigne no dudó en llamarla "fille d'alliance" (en los Ensayos, libro II, capítulo XVII, "De la presunción"), denotando una admiración que explicará el gran intercambio intelectual que producirá en los años posteriores el encuentro. Montaigne no duda en trasladarse grandes temporadas a la mansión de Gournay-sur-Aronde donde discuten sobre su obra. Fruto de estos encuentros María de Gournay escribe en 1594 su primera gran obra, Le Proumenoir(1). Tras la muerte de Montaigne en 1592, su familia le encomienda a María la revisión de los Ensayos, comenzando así su labor de escritora. De este trabajo nace el prólogo a la edición de 1595 y las posteriores ediciones de la obra en 1598 y 1641.

En 1699 se traslada a París y comienza a fomentar los círculos intelectuales de la época de la mano de Henri Louis Harbert de Montmor y Juste Lipse, que la presenta como una "mujer leída". A pesar de las dificultades de una mujer d la época para recibir el reconocimiento y la estima en el plano del pensamiento, María conecta con la alta esfera de la sociedad y de la política parisiense consiguiendo así la protección y el mecenazgo de la Reina Margot, Enrique IV, María de Médicis, Luis XIII, la marquesa de Guercheville o el mismo Richelieu, quien ofrece a María una pequeña pensión real que le permite el privilegio de poder editar sus propias obras. Como mujer, María fue a menudo objeto de ataques personales y de crítica infundada de su trabajo. Como católica, fue hostil al movimiento protestante, pero se mantuvo cercana a liberales como Théophile de Viau, Gabriel Naudé, Francois de la Mothe Le Vayer, a quien dejaría su biblioteca, que ella misma había recibido de Montaigne (quien a su vez la había heredado de La Boetié). En 1690 se involucró en el debate sobre el asesinato de Enrique IV y en defensa de los jesuitas.

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Biblioteca de Montaigne

Defensora de Ronsard y la tradición de la Pléyade y agresora de Racan y la escuela de Malherbe, reunió todas sus obras en La sombra de la señorita Gournay (1626). Su estilo es vigoroso e independiente. En Adieu de l'ame du roi á la reine Marie de Médicis (1610), escribió: "El pueblo es la gloria y la grandeza de los reyes y no al revés".

En Igualdad de hombres y mujeres (1622), hace una crítica amarga de la condición femenina de su tiempo. De forma inconsciente y a pesar de su devoción por Montaigne, con su actitud agresiva y un poco pedante alentaba a los detractores del autor de los Ensayos. Sin embargo, gracias a su vida y a su obra, marca un hito en el humanismo femenino entonces naciente.

Su extensa y diversa obra, que abarca temas como la educación, la política o el análisis comparado de textos queda recogida en sus dos compilaciones magnas, L'ombre de la Demioselle de Gournay, de 1626 y Le Advis, ou les Presens de la Demoiselle de Gournay de 1534.
El 13 de julio de 1645, María muere a la edad de 79 años.

NOTAS:
(1) Se publicó por ese tiempo, y aunque no fue un éxito comercial o crítico en el momento, se considera una de las primeras novelas psicológicas. Su trama trata de una princesa Persa, Alinda, que se resiste a la perspectiva de un matrimonio arreglado...

martes, 23 de marzo de 2010

DE CIENCIA A POÉTICA. CARTAS A UNA PRINCESA ALEMANA (LEONARD EULER)


Siempre dudé entre elegir el bachillerto de ciencias o de letras. Al final opté por el primero pero en COU seguí dudando y elegí las humanidades para embarcarme en la licenciatura de geografía e historia. Es una combinación del espacio y el tiempo con cierta tangencialidad entre una cosa y otra. Por eso me ha encantado encontrar esa pista que Arturo Pérez-Reverte estampa en la dedicatoria de su nueva novela -El asedio- sobre un fragmento de Las cartas a una princesa alemana de L. Euler.
«La pesantez o gravedad es una propiedad de todos los cuerpos terrestres e incluso de la luna. Por la pesantez, la luna es impulsada hacia la tierra, que modifica su movimiento de la misma manera que modifica el movimiento de una bala de cañón o de una piedra lanzada con la mano. Debemos este importante descubrimiento al difunto señor Newton. El gran filósofo y matemático inglés se hallaba un día tumbado en un jardín, bajo un manzano, una manzana le cayó en la cabeza y le permitió realizar muchas reflexiones. Concibió que la pesantez había hecho caer la manzana, después de ser desgajada de la rama quizás por el viento o alguna otra causa. Esta idea parecía muy natural, y cualquier campesino hubiera hecho la misma reflexión; pero el filósofo inglés fue más lejos. Es necesario, pensó, que el árbol fuera alto; y esto le hace formularse la pregunta de si hubiera caído la manzana abajo en el caso de que el árbol fuera todavía más alto. De ello no podía dudar.

Pero si el árbol hubiera sido tan alto que llegara hasta la luna, se encontraría indeciso en decidir si la manzana caería o no. En caso de que cayese, lo que le parecía en todos los aspectos muy verosímil, pues no se puede concebir un límite en la altura del árbol en el que la manzana no cayese; en este caso, se precisaría que tuviera algún peso que la impulsara hacia la tierra; luego si la luna se encontrase en el mismo lugar, sería impulsada hacia la tierra por una fuerza semejante a la de la manzana. Sin embargo, como la luna no le cayó en la cabeza, comprendió que el movimiento podría ser la causa, de la misma manera que una bomba puede pasar por encima de nosotros sin caer verticalmente hacia abajo. Esta comparación del movimiento de la luna con el de una bomba le determinó a examinar más atentamente la cuestión, y, ayudado por los recursos de la más sublime geometría, encontró que la luna seguía en su movimiento las mismas reglas que se observan en el movimiento de una bomba; de manera que si fuera posible lanzar una bomba a la altura de la luna y con la misma velocidad, la bomba tendría el mismo movimiento que la luna. Señaló únicamente esta diferencia: el peso de la bomba a esa distancia de la tierra sería mucho menor que aquí abajo. Vuestra Alteza(1) observará, por este relato, que el principio del razonamiento del filósofo era muy simple, y no difería apenas del de un campesino, aunque después se elevó infinitamente por encima. Luego es una extraordinaria propiedad de la tierra, que todos los cuerpos que se encuentran, no sólo en ella, sino también los muy alejados, hasta la distancia de la luna, les impulsa una fuerza hacia el centro de la tierra; y esta fuerza es la gravedad, que disminuye según los cuerpos se alejan de la superficie de la tierra. El filósofo inglés no se detuvo aquí: como sabía que los cuerpos de los planetas son totalmente semejantes a la tierra, concluyó que los cuerpos en los alrededores de cada planeta son pesados, y la dirección de esa pesantez tiende hacia el centro del planeta. Tal pesantez sería quizás más o menos grande que en la tierra, de manera que un cuerpo de cierto peso entre nosotros, al ser transportado a la superficie de un planeta, tendrá allí un peso más o menos pequeño. Por último, la fuerza de gravedad de cada planeta se extiende también a grandes distancias alrededor; y como vemos que el planeta Júpiter tiene cuatro satélites y Saturno cinco, que se mueven alrededor de ellos como la luna alrededor de la tierra, no se puede dudar que el movimiento de los satélites de Júpiter no sea moderado por su pesantez hacia el centro de Saturno. Pero, de la misma manera que la luna se mueve alrededor de la tierra y los satélites alrededor de Júpiter o de Saturno, todos los planetas se mueven alrededor del sol; de donde Newton obtuvo esta famosa consecuencia: el sol está dotado de una propiedad semejante de pesantez y todos los cuerpos que se encuentran alrededor son impulsados hacia el sol por una fuerza que podría llamarse gravedad solar. Esta fuerza se extiende muy lejos alrededor del sol, y hasta más allá de todos los planetas, pues modifica su movimiento. El mismo filósofo por la fuerza de su espíritu encontró el medio de determinar el movimiento de los cuerpos, cuando se conoce la fuerza por la que son impulsados; luego, puesto que había descubierto las fuerzas que impulsan a los planetas, estaba en condiciones de proporcionar una justa descripción de sus movimientos. En efecto, antes de este gran filósofo, se tenía una profunda ignorancia sobre el movimiento de los cuerpos celestes; y sólo a él debemos las grandes luces que ahora gozamos en astronomía. Vuestra Alteza estará sorprendida por los grandes progresos que todas las ciencias han obtenido de un principio tan simple y leve. Si Newton no se hubiera tumbado en el jardín bajo un manzano, y no hubiera caído por azar una manzana en su cabeza, quizás nos encontraríamos en la misma ignorancia sobre el movimiento de los cuerpos celestes y sobre una infinidad de fenómenos que dependen de ellos. Esta materia merece toda la atención de vuestra Alteza, y me satisface hablar en la próxima sobre el mismo tema.»


Resulta de estos diferentes textos, que a los ojos de Newton (que tiene sumo derecho a ser escuchado, cuando se trata de la naturaleza de la atracción), dicho fenómeno era probablemente el efecto de una causa mecánica, obrando con arreglo a las leyes generales del movimiento, aunque no posea bastante número de experimentos para que pueda afirmar nada de su naturaleza. Algunos de los más grandes sabios del siglo XVIII han adoptado la misma opinión: Euler, por ejemplo, el cual, defendiendo con calor la ley de Newton contra los cartesianos, admitía, sin embargo, con éstos que todos los fenómenos del movimiento se explican mecánicamente, y rechazaba la idea de una atracción a distancia como una cualidad oculta resucitada por los escolásticos. He aquí lo que nos dice Euler con este objeto:

«Es un hecho demostrado por las más sólidas razones que en todos los cuerpos celestes reina una gravitación general, en virtud de la cual son rechazados o atraídos unos hacia otros, y que esta fuerza es tanto mayor cuanto más próximos se hallan entre sí. Semejante hecho no puede ponerse en duda, pero no están conformes sobre sí se le debe llamar una impulsión o una atracción, aunque el nombre no cambie lo más mínimo la cosa. Vuestra Alteza sabe que el efecto es el mismo, ya se empuje un coche por detrás, o sea arrastrado por delante; así el astrónomo, atento tan sólo al efecto de esta fuerza, no se cuida de si los cuerpos celestes son rechazados unos hacia otros o se atraen mutuamente, de la misma manera que no se toma cuidado sobre si la tierra atrae los cuerpos, o si son éstos rechazados por una causa invisible. Pero si se quiere penetrar en los misterios de la naturaleza, es muy importante saber si los cuerpos celestes obran unos sobre otros por impulsión o por atracción; si es alguna materia sutil e invisible que obra sobre ellos y los rechaza unos hacia otros, o si se hallan dotados de una cualidad latente u oculta por medio de la cual se atraen mutuamente. Los filósofos se encuentran divididos en este punto; los partidarios de la impulsión se llaman impulsionistas, y los de la atracción atraccionistas. M. Newton se inclinaba mucho hacia los últimos, y en la actualidad casi todos los ingleses pertenecen a este bando. Convienen ellos en que no existen cuerdas ni máquinas que ordinariamente se empleen para tirar, y de las cuales pudiera servirse la tierra para causar la pesadez, menos aún descubren entre el sol y la tierra algo que nos indujera a creer que aprovechaba al primero para atraer a ésta. Si se viese seguir un coche a los caballos sin estar éstos uncidos, y no se observasen cuerdas ni ninguna otra cosa propia para mantener la comunicación entre el carruaje y los animales: no se diría que aquél fuese arrastrado por éstos, más bien deberíamos admitir que existía alguna fuerza impelente, aún cuando nada se pudiera observar, a menos que fuese obra de hechicería».


Estos fragmentos están extraídos de unas de las doscientas cartas dirigidas a Federica Carlota Ludovica von Brandenburg Schwedt, princesa de Anhalt Dessau y más tarde abadesa del convento de Herford. Leonhard Euler, amigo de su padre, las escribió todas ellas dirigidas a la princesa desde Berlín, yendo fechadas entre 1768 y 1772. Constituyen un epítome general de temas que abarcan la ciencia, la filosofía, la teología o la música; tratados con sencillez y sin entrar en justificaciones matemáticas, que certifican una vez más la categoría de sabio universal del suizo.

martes, 2 de febrero de 2010

PIONERAS DEL OESTE


La palabra Western significa literalmente occidental, que es la dirección que siguieron los colonos de la costa Atlántica en busca de nuevas tierras. Es por eso que las películas del Oeste, o de indios y vaqueros, se las conoce con el nombre de Western.
La conquista del Oeste fue en realidad la expansión imperialista de los estados de la Union. Convencidos por la campaña propagandistica del gobierno, el Oeste se convirtió en la tierra de las grandes oportunidades. Hasta ella llegaron gentes de todo el mundo en busca de las bondades de la nueva patria. Todos ellos, junto a los colonos estadounidenses, compitieron por el control de esta nueva tierra. Caravanas de colonos, pioneros que se adentran en mundos inhóspitos.
La mujer y la familia aparecen retratadas como elementos indispensables para consolidar la Conquista del Oeste, y alimentar de vida y esperanza unas tierras que estaban por civilizar. La mujer representa ese elemento civilizador en un mundo primitivo, esencial para dotar de estabilidad un entorno duro y lleno de riesgos, siendo muy importante su papel en la frontera.
El perfil que aquí me interesa es el de la mujer fuerte, pionera, vital para el asentamiento y el progreso de las comunidades. Muchas de ellas se caracterizan por su rebeldía, erigiéndose en mujeres orgullosas, autosuficientes.
En películas como –Caravana de mujeres- juegan un rol distinto al tradicional. Su acción transcurre en 1850, cuando 150 mujeres viajan desde Chicago hasta California, a contraer matrimonio con hombres de allí, a los que previamente habían escogido por medio de fotografías y repoblar una localidad granjera de hombres solitarios. Ellas pasarán diversas calamidades en el largo viaje por las montañas rocosas y el desierto, en el que les guía Buck Wyatt, que había servido en las campañas contra los indios. Hay que recordar que, en ese tiempo, las caravanas se convirtieron en algo habitual en el oeste ya que los colonos, en sus carretas, solían dirigirse a los territorios de la costa del Pacífico y Nevada para explorar o instalarse en esos lugares aún sin dueño. Robert Taylor está en su salsa entre tanta mujer, y escenas como el ataque de los sioux están resueltas con un impecable nervio de tensión narrativa.
En este western podemos ver cómo las componentes de la caravana, solteras y viudas de diferentes procedencias y extractos sociales pero todas ellas muy “femeninas”, recorren largas y agotadoras caminatas a pie, guían a las mulas, tiran de los carros cuando es necesario, disparan armas de fuego, etc., e incluso se pelean a tortazos y dejan tirados por el camino (cuando es necesario desembarazarse del lastre) sus preciados objetos de ajuar (vestidos, muebles...). Este viaje les costará a muchas la vida, pero demostrará al protagonista, un misógino Robert Taylor , que las mujeres son tan capaces y valientes como sus compañeros varones.
Para el género western, pues, estas mujeres de carácter no solamente resultan sumamente atractivas, sino también beneficiosas. En cierto modo, muchas producciones constituyen un canto a la emancipación femenina (lógicamente, dentro de los marcos de corrección de cada época), puesto que plasman el Oeste como el lugar idóneo donde las mujeres pueden liberarse de muchas de sus ataduras. Asimismo, el viaje y posterior asentamiento en estos territorios supone, para muchas féminas, el aprendizaje y realización de trabajos propios de hombres.
Otro factor importante que nos muestra es la escasez de mujeres en las regiones del Oeste. Este hecho cierto, se sumó a la concepción del Oeste como un lugar de transformación.
Una caravana pasional retratada al viento desafiante de los grandes espacios del Western de toda la vida. Mujeres maravillosas de sentimiento y pasión, que parten en busca, no de oro, sino de un territorio donde emprender una nueva vida, no por más desconocido, menos deseado, enfrentándose a múltiples peligros, acabarán, irremediablemente, por destripar nuestras entrañas, después de ver esta historia, tan impresionantes como la Odisea de Ulises (bien que menos mitológicos) que ilustra a la perfección la creciente voluntad femenina cuando se deja prender por el secreto acto de sus más íntimas emancipaciones, y que, por supuesto, significaba un bocado demasiado indigesto para aquellas beatitudes reinantes en el coto cerrado (a la mujer) del durísimo Oeste Norteamericano. Esa gigantesco "women´s convoy" será así capaz, ante los ojos asombrados del super macho Taylor, de dar vida a un orden personal nuevo, férreo, y obsesivamente fetichista en cuanto se refiere a sus sueños domésticos. Mujeres que se enfrentan a la pirueta milagrosa de una búsqueda voluptuosa en el puritano siglo del revólver, pétreo como Mr. Robet, desprovisto de tonos lastimeros, y en las que, pese a las arenas movedizas de un paisaje aterrador, sobre el que gravita un sol que cae a plomo, la muerte (ataques indios incluídos), y todo el horror de una Naturaleza, tantas veces fantasmal y cruel, persistirán hasta el fin en el factor esencial a que las arrastra esa imparable y valiente sensación física (también anímica) que promueve el deseo de ser amado.Todo lo asume Wellman con una gran honestidad y pocos medios. Hay un rincón para cada protagonista enfrentado a sus problemas personales. Un durísimo Robert Taylor, quizás en uno de su mejores papeles. Una arrebatadora Denise Darcel y una inolvidable, gigantesca (en todos los sentidos) Hope Emerson que amortiguará los efectos devastadores de gran parte del tremendo viaje (o via crucis). El resto del elenco femenino es igualmente sensacional.

Un western anticonvencional para su tiempo, por la importancia que tienen las mujeres en su acción.

lunes, 16 de noviembre de 2009

FUERZAS DEL PASADO Y FUERZAS DEL PORVENIR

Unas fuerzas que vienen del pasado hacen lo suyo en el presente y el porvenir y han hecho que tropiece por "azar" con un texto de Marguerite Yourcenar que me gustaría guardar aunque es algo largo para leerlo en pantalla.


Anne Morrow Lindberg
Dice Marguerite que Anne Lindberg ha dado a los EEUU dos de las buenas obras que ha producido la literatura contemporánea. Escritora brillante, mujer de un aviador célebre y aviadora también ella y madre desdichada, esta mujer pertenece a la leyenda de nuestro tiempo. Pero a ella (Yourcenar) le entristece encontrar afirmaciones que hace Anne en su parecer sobre la guerra:

...No puedo, por tanto, considerar pura y
simplemente esta guerra como una lucha
entre las Fuerzas del Bien y del Mal. Si es-
tuviera que condensarlo todo en una sola
frase, diría más bien que las Fuerzas del
Pasado luchan contra las del Porvenir. Lo
malo es que haya tanto bien en las Fuerzas
del Pasado y tanto mal en las del Porvenir.

Pensamiento prudente y ponderado en un principio, sin duda alguna. Pero para evaluar lo peligroso de semejante reflexión, hay que recordar que la palabra porvenir representa para los EEUU una palabra maestra, la palabra clave de toda una civilización. Este país apenas acaba de salir -y sin duda con pena- de la época ya mítica de los pioneros; para unos recién llegados instalados en una naturaleza todavía hostil, el pasado no ofrecía nada; el presente no era más que una penosa sucesión de esfuerzos; todas las esperanzas de éxito y seguridad se referían forzosamente al porvenir en un país en donde todo, de una vez estaba por organizar o por crear.América ya no se encuentra en ese período heroico: como todos los demás países, ahora posee un pasado como todos los demás países, ahora posee un pasado y un porvenir, pero sus hijos han conservado la costumbre de considerar el porvenir, ipso facto, como un progreso sobre el pasado. Hacer de los Estados totalitarios los Poderes del Porvenir en lucha contra el Pasado -personificado por Inglaterra- es introducir en las mentes una confusión a favor de esos Estados y significa, lo queramos o no (y Anne Lindbergh sólo lo quiere a medias) darles la razón en nombre de la Historia.

¿Pero es acaso la Alemania de Hitler la representante del porvenir? Ninguna de las fórmulas de la dictadura hitleriana es nueva: la guerra, el nacionalismo exacerbado, el extremismo de las razas llamadas inferiores, la tortura, la policía secreta, el poder concentrado en manos de una facción militar, las revoluciones, y las masacres de palacio, la intolerancia moral y religiosa, el trabajo forzado, el culto fanático al jefe, nada de todo eso es nuevo bajo el tenebroso sol de la historia. Ya Polonia se ve reducida no sólo al estado en que se encontraba durante las famosas Particiones, sino al espantoso caos que siguió a las grandes invasiones tártaras, y Francia, derrotada y humillada, revive los desastrosos tiempos de la Guerra de los Cien Años. No sólo los países donde las libertades cívicas habían dado sus mejores frutos: Holanda, Bélgica, los Estados bálticos y algunos de los Estados escandinavos, retornan a su antigua situación de provincias vasallas, sino que la Alemania victoriosa, renegando del siglo XVIII y de toda una parte del siglo XIX no tiene en lo sucesivo, ideal más actual que el de parecerse lo más posible a la Germania precristiana. Si ésa es la dirección en que van la Fuerzas del Porvenir, simbolizadas por los tanques de tres dictadores, bastarán unas cuantas vueltas de tuerca y la humanidad se encontrará en plena Edad de Piedra.

Bien es verdad que, en nuestros momentos de desaliento, a todos se nos ocurre decirnos que el salvajismo desencadenado ahora en el mundo representa para la humanidad el verdadero porvenir, quizá la única realidad. Dudamos de la noción de civilización: nuestras desgracias nos autorizan a ello. Pero miremos hacia atrás: veamos, por ejemplo, otro de los períodos trágicos de la historia europea, tal vez la más desesperada de todas: las invasiones bárbaras del siglo V, que se reproducen después esporádicamente durante casi cuatrocientos años: no hay duda de que, en la época de la caída de Roma, hubo algunos patricios o algunos letrados pacíficos y desalentados que también debieron decirse que la lucha era vana y que aquellos bárbaros representaban al porvenir. Esos hombres y esas mujeres se percataban de los errores cometidos por la antigua civilización que ellos aún representaban; tal vez les pareciera natural y hasta justo que fuese aplastada, y al mismo tiempo que gemían por las vidas sacrificadas, por el arte y la ciencia perdidos, saludaban al porvenir en marcha con Atila. Pues bien, esos patricios y esos letrados se equivocaban; se equivocaban aunque las apariencias parecieran darles la razón. El mundo grecorromano fue asolado y todos conservamos en la memoria la imagen de los templos en ruinas y de palacios devastados. Pero unas generaciones después de esas catástrofes, aquellas hordas que, según se creía, representaban al porvenir, habían vuelto a sus bosques y a sus estepas o bien se habían asimilado, in situ, a los vencidos. La vida civil se regía por la ley romana; obispos ordenados por Roma bautizaban a estos últimos paganos germánicos o eslavos, y era el latín, y no el godo o el húnico, la lengua que los niños aprendían en la escuela entre España y el Báltico. Aquellos patricios y clérigos que se creían destinados a desaparecer, se parecían infinitamente más a los hombres del porvenir que los grandes bárbaros blancos supuestamente encargados por Dios de poner fin a una civilización corrompida.

Más tarde, cuando el viejo imperio bizantino acabó por caer a su vez, tras haber hecho frente durante siglos a sus adversarios musulmanes o eslavos, muchas gentes debieron pensar que aquella penosa lucha contra las fuerzas del porvenir había sido inútil. En realidad, la prolongada obstinación de los bizantinos en sobrevivir había permitido que las semillas, a decir verdad muy resecas, de la cultura antigua, de la cual los mismos bizantinos fueron unos mediocres conservadores, germinasen en el nuevo mantillo del Renacimiento, y sus tradiciones religiosas, que en Bizancio nos parecen, a menudo, aquejadas de esclerosis o de puro formalismo, iban a conocer, una vez comunicadas a los pueblos eslavos, un prodigioso reverdecer. Contra el futuro que se presenta ante nosotros vociferante y seguro de sí, habrá que contar siempre con otro porvenir aún en ciernes y cuyo crecimiento debemos proteger. Las crisis de violencia nunca son más que los malos cuartos de hora de la historia; no contribuyen a los más mínimos progresos humanos más de lo que los vendavales contribuyen al crecimiento de las mieses. Después de cada tormenta, la humanidad reanuda humildemente su tarea interrumpida, que consiste precisamente en preservar las fuerzas aún vivas del pasado y en digerir su lenta evolución hacia el mañana.

Anne Lindbergh ha hecho un descubrimiento que a ella misma parece sorprenderla: se ha dado cuenta de que el bien y el mal no eran privativos exclusivamente de un partido o de un pueblo, y de que en todas las cosas humanas cabe lo mejor y lo peor. Todos estamos de acuerdo y a todos nos han dicho, desde la época en que estudiábamos el catecismo, que sólo Dios es impecable. Pero lo importante, en estos momentos y siempre, es saber de qué lado está el porcentaje más elevado del mal. No existe ningún país que no tenga tras de sí un cargado pasivo. Pero por muchas que sean las faltas y los errores cometidos en el pasado y hasta en el presente por Inglaterra y Francia, no por ello debemos olvidar que han hecho sus pruebas asegurando a sus pueblos, más o menos constantemente, un mínimo de orden, de seguridad, de cultura y -si podemos emplear esta hermosa palabra siempre imposible de definir bien- de libertades, si no tal vez de libertad. Lo que se nos ofrece en sustitución de todo esto es la fuerza bruta, la crueldad metódica, a un tiempo francamente glorificada y, en su caso necesario, enmascarada con hipocresía, y finalmente un bárbaro dogmatismo que es, en la historia, el aspecto más irrefutable del mal.

Y es cierto, nadie lo discute, que puede haber belleza en la exaltación apasionada de tal joven nazi y en su total abnegación a su jefe bienamado, aun cuando esa exaltación y esa abnegación lleven dentro su veneno. Aún más, al no ser Hitler, en suma, más que un hombre como los demás, poseerá, sin duda, como todo hombre algunas virtudes más o menos escondidas. Pero no se absuelve a un asesino por las pocas buenas cualidades que posea, ni por los defectos que pudiera tener su víctima. -No se salva a la civilización con la guerra-, dice muy acertadamente Anne Lindbergh; tampoco se la salva dejándose seducir, de entrada, por lo que es su contrario. -Son los países que tienen miedo los que han sido invadidos-, añade. Frase insidiosa, pues de pequeños países pobres y heroicos como Grecia o Finlandia, que han sido invadidos...También los países grandes, que no temieron esclavizar al mundo por creer en su fuerza o en lo que ellos consideran su fuerza, son los que, a la postre, acaban derrumbándose por haber levantado en contra suya demasiadas conciencias o haber perjudicado muchas necesidades e intereses legítimos. Una metáfora harto facilona compara las olas del porvenir con las olas del mar. Lo más cierto que de las olas del mar podemos decir es que rompen golpeando y que, en las orillas, para luego, inexorablemente, retroceder. Así lo quiere el Dios que preside los mares.
La ruina de Eldena (Klosterruine Eldena bei Greifswald). Caspar David Friedrich. Óleo sobre lienzo. 1825. Berlín, Nationalgalerie

sábado, 31 de octubre de 2009

LA VIOLENCIA POR DIOS

Retrato imaginario de Hipatia, por Rafael Sanzio. Detalle de La escuela de Atenas (1509-10;Museos Vaticanos)

La filósofa más relevante de la Antigüedad griega de la que tenemos noticia es Hipacia (
Hipatia de Alejandría), neoplatónica, fallecida, presumiblemente, en el 415 d.C. Fue hija del matemático y astrónomo Teón de Alejandría, quien fue maestro, y se interesó por las matemáticas y la astronomía como prueban los títulos de tres de sus obras perdidas; Comentario a la aritmética de Diofanto, Sobre las cónicas de Apolonio y Corpus astronómico.

Se instaló en Atenas donde estudió a Platón y a Aristóteles y tuvo una gran influencia en los ambientes filosóficos alejandrinos, unificando el pensamiento matemático de Diofanto con el neoplatonismo de Amonio y Plotino. Su discípulo Sinesio de Cirene nos dice que intentó aplicar el razonamiento matemático al concepto neoplatónico del Uno, mónada de las mónadas. Pagana, pero partidaria de la distinción entre religión y filosofía, adquirió también su gran prestigio en los ambientes políticos de Alejandría, frecuentando al romano Orestes. Ello provocó la envidia y el rencor en los ambientes cristianos. Hipacia fue agredida en la calle brutalmente asesinada por un grupo de fanáticos, dirigido por un religioso llamado Pedro. Pero detrás de la agresión se decía que era responsable Cirilo, patriarca de Alejandría, que la consideraba culpable de las persecuciones que habían sufrido los cristianos. El dramático episodio de su muerte -fue violada y lapidada por un grupo de facineros- alimentó la imaginación de escritores y poetas como Charles Kingsley (1835), Leconte de Lisle (1852) o Charles Péguy (1907), que la inmortalizarón como la última heredera verdadera del pensamiento griego en un mundo romano entregado ya a la cultura y a la fe cristiana.

Aunque no nos haya llegado ninguno de sus escritos y, por tanto la reconstrucción de su doctrina deba hacerse de modo indirecto e hipotético, de numerosas fuentes surge la excepcionalidad de su figura: filósofa, científica, maestra, punto de referencia político de la comunidad griega de Alejandría, en resumen, una gran autoridad. En una época en la que la Iglesia cristiana, con sus Padres, asumía cada vez más el papel de institución y procedía a la marginación de las mujeres del culto y de las funciones sociales de poder, una pagana surgía como símbolo de sabiduría y competía con las autoridades religiosas de su ciudad. Un conflicto religioso que ocultaba una disensión mucho más profunda: Hipacia representaba la tradición la sabiduría femenina, una antigua tradición egipcia y griega y, por consiguiente, causaba mayor disgusto como docta que como pagana: las mujeres no debían hablar ya en las asambleas o en los lugares de culto, y menos que nunca debían enseñar en las escuelas.

Hipatia en una representación idealizada de 1908

jueves, 15 de octubre de 2009

TATUAJE

Verónica Aranda. Tatuaje. Editorial Hiperión. Poesía

Me lo encontré en la Feria del Libro de la primavera del 2006. Nada más leer la primera estrofa reconocí esos recuerdos perdidos en los rincones de mi ciudad o de cualquiera otra que vinieran cantados o contados por aquellos que no pisan tierra firme.

Él vino en un barco de nombre extranjero,
lo encontré en el puerto un anochecer,
cuando el blanco faro sobre los veleros
su beso de plata dejaba caer
(Rafael de León, Tatuaje)

Verónica Aranda (Madrid, 1982) VIII premio de poesía joven en -Antonio Carvajal- 2005. En la primera parte de su libro Tatuaje recoje paisajes de sus múltiples viajes por Europa, en la segunda, titulada La morena de la copla , hace una original recreación de algunas letras de estas canciones populares con las que muchos estamos familiarizados desde niños, y a las que ha dedicado también algún estudio de investigación filológica. "Ha trasladado el lenguaje popular de la copla al lenguaje culto y al propio imaginario", en este libro de versos que es "un claro homenaje a Rafael de León", según ha dicho la propia autora.
I

Llegó desde el Mar Rojo
en un barco febril, a la deriva,
cargado de naranjas, y en su mástil
se alzaban las mezquitas más azules,
en donde convergían los caminos de Persia
y el puerto de llegada, donde ondea
el lienzo claroscuro del susurro,
el súbito tambor de las verbenas
y la nieve de marzo, amaneciendo,
que siempre cierra el ciclo de las sedas
y sus remotas rutas.

II

Aquellas madrugadas en los puertos
de tabernas insomnes
y los acordeones del desierto,
no buscaba a los rubios marineros,
aquellos extranjeros de frondosos tatuajes
que se apoyaban en los mostradores,
y su aliento traía el aguardiente
de las naves errantes y los rostros
de mujeres nocturnas y remotas

No buscaba a esos otros marineros
cuyas promesas se difuminaban
en una despedida inexistente
y siempre se marchaban en las tardes de junio
para no regresar. Quedaba el nombre
como único amuleto de su paso,
junto a aquellas palabras que se dicen
cuando sabemos que el exilio acecha,
que podemos quedarnos o escapar.

Los tatuajes quemaban y esas noches
yo buscaba el camino de regreso hacia Ítaca,
las colinas de Roma, la ciudad de Kavafis
o un barco que zarpara a la isla de Safo

...............................................................................

VII

Fue la misma ciudad y, sin embargo,
la transitamos en distintos tiempos.
Yo llegué con el siglo, lo estrenaba
por el atardecer. En los balcones
de aquel hotel que daba a una azotea
y a estrechos callejones de bazares,
luchaba con la luz, recomponía
unos pocos fragmentos del pasado,
y en aquella ciudad paralizada
por la huelga y el hambre,
comprendí al fin lo lejos que quedaban
-abiertas, ya, las zanjas de los años-,
polvorientas postales, amarillas
manzanas, los almuerzos a las doce,
los pinares de mayo y en los puertos
el miedo a regresar a las aldeas,
donde espera el futuro cobijado
entre los resignados tamarindos.

Recuerdo que vagué por esas calles,
bajo los edificios de madera,
pero ya era muy tarde, tú pasaste
a finales de siglo; aún podía
imaginar tu sombra marinera
por las plazas de templos –había uno
que llevaba tu nombre –te veía
fundido en los mercados y más tarde
por calles de neblinas y basura,
con ese caminar despreocupado
de los que se acostumbran
a hacer frente al destierro. Nos unía
una ciudad a destiempo y unos campos
de otra ciudad en ruinas.

Me siento a ver las aguas
de un luminoso gris, antes que el faro
se encienda e ilumine los veleros.
Ayer anochecía en Kathmandú...

sábado, 19 de septiembre de 2009

A PROPÓSITO DE LENI RIEFENSTAHL

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A propósito de la detención de Leni Riefestahl en Asturia por parte de una brigada de la que era miembro el guionista Budd Schulberg y de que una cosa no quita la otra, Leni fue una alemana que media parte de su vida se la pasó justificando su epifanía con el nacionalsocialismo tras acudir a unos de los mítines de Hitler, y tal como ella relata:

«
Fue como si me cayera un rayo… Tuve una visión casi apocalíptica que nunca pude olvidar. Me pareció que la superficie de la tierra se extendía frente a mí –recordó décadas después–, como un hemisferio que de pronto se parte por el medio, lanzando un enorme chorro de agua, tan poderoso que tocó el cielo y sacudió la tierra.
Me sentí paralizada
.»

Leni de bebé

Esta berlinesa nació con el siglo XX (1902) en el extrarradio de su ciudad. Su vida fue tan interesante como la época. Tras abandonar su carrera artística como bailarina debido a una lesión de rodilla, decidió hacerse actriz al ver la película de Eisenstein El acorazado Potemkin, dedicándole toda su vida al cine, con películas como “La Montaña Sagrada” (1926), “El Gran Salto” (1927), “El infierno blanco de Piz Palu” (1929), “Tormenta sobre Mont Blanc” (1930), “White Noise” (1931), “Das Blaue Licht” (1932) y “SOS Iceberg” (1933).
En 1924 se puso en contacto con el Dr. Arnold Fank, tras ver una película suya sobre los Alpes dolomitas. Con Fank, además de protagonizar varias películas, entre ellas El Monte Sagrado, colaboró durante muchos años y aprendió a manejar la cámara.

Poco a poco, arriesgando su persona en escenas difíciles y su dinero en la producción de films, labró una reputación con la que estuvo a punto de llegar a Hollywood.

Pero no quiso limitarse a la subordinación de ser actriz: en 1932 dirigió su primera película, La luz azul, filme situado en los Alpes, que tras ser premiada en la Mostra Venecia, la lanzó a la fama internacional. Ella interpretaba el papel principal. Hitler, poco antes de llegar al poder, el 30 de enero de 1933, quiso conocerla y le fue presentada.
Mientras otros cineastas se expatriaban, como Fritz Lang y Robert Wiene, Leni, gracias al doctor Goebbels, se convirtió en «la cineasta número uno del nuevo régimen». Hitler causó gran impacto en la actriz y directora, que aceptó la dirección de dos documentales sobre el congreso del partido, La victoria de la fe (1933) y El triunfo de la voluntad (1936). Esta obtuvo el Premio Nacional de Cinematografía, la medalla de oro en la Bienal de Venecia, y medalla de oro también en la Exposición Universal de Paris en 1937.
Para acallar las críticas de algunos generales de Hitler por la gran confianza que el Führer tenía hacia ella, filmó un corto sobre la Wermacht. En ese tiempo viajó por España para rodar los exteriores de Tierra Baja, que acabaría aparcada por falta de financiación.
Con Olimpíada, una epopeya sobre los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, obtuvo no solamente el gran reconocimiento del gobierno y pueblo nazi, sino que además fue premiada con gran éxito de público y crítica con un León de Oro en el Festival de Venecia. Olimpíada se estrenó el día del cumpleaños de Hitler en sesión privada, en dos partes Fiesta de los pueblos y Fiesta de la belleza.

Leni Riefenstahl tuvo a su disposición todo tipo de recursos, tanto económicos como técnicos, en momentos en que la restricción económica afectaba al resto de los cineastas.
Mientas tanto, siguió con el rodaje de Tierra Baja, para la cual, construyó en Alemania una aldea de estilo español. La contratación como extras de un grupo de gitanos le llevó posteriormente a ser acusada de haberlos sacado de un campo de concentración y de haberlos utilizado como esclavos.

Tierras bajas. 1954

Debido a los constantes bombardeos sobre Berlín se trasladó a Kitzbühel (Austria), donde depositó todo el material de sus películas, incluida Tierra Baja de la que tan sólo faltaba el trabajo de sincronización y montaje.
Tras el final de guerra, fue detenida e interrogada por el ejército norteamericano. Le fue confiscada la casa y todas sus posesiones, ente ellas las copias de sus películas. Leni se defendió siempre de sus acusaciones de nazismo diciendo que había pecado de ingenua pero no de mala voluntad. Como tantos miles de alemanes de aquella época, negó conocer el exterminio que estaba sucediendo en su país. No obstante, nunca lo lamentó.
Tras ser liberada por los norteamericanos, una guarnición francesa en El Tirol, la volvió a detener. Más tarde se le confiscaron todos los bienes, incluyendo el material fotográfico. Vivió varios meses en la miseria y su matrimonio fracasó. Se le recluyó durante tres meses en un manicomio, en el que se le aplicó electroshock para «desnazificarla»
En varios juicios sucesivos, a instancias norteamericanas y francesas, salió con veredicto favorable, que reconocía su no-implicación ni en el partido ni en ninguna otra de sus ramificaciones y que su relación con Hitler y su partido era estrictamente profesional. Tras un última apelación la calificaron solamente como simpatizante (no perteneciente) del partido nazi.


Tras varios años de pleitos consiguió recuperar parte de sus pertenencias, sobre todo sus rollo de película. Veinte años después de haber sido empezada, terminó el montaje y estrenó Tierra Baja.
Viajó por África, donde quedó prendada por unas fotografías de los atléticos cuerpos de «Los Nuba». Se obsesionó con la idea de filmarlos, y a pesar de los peligros y los consejos en contra (tenía ya 60 años), partió para el sur de Sudán en las más adversas circunstancias.
Las fotografías y filmaciones de «Los Nuba» dieron la vuelta al mundo. Para lograrlas se integró en las costumbres de la tribu y aprendió su lengua. Con su colaborador y cámara, Horst Kettner, en 1968, se adentró en territorios desconocidos y filmó a varias tribus que nunca habían tenido contacto con el mundo de occidente.

Su culto al cuerpo en forma de imágenes fotográficas y filmadas, sirvió a sus críticos para indicar sus evocaciones de la ideología nazi. En la última etapa de su vida profesional, prefirió eliminar de sus imágenes al ser humano. Desde mediados de los años setenta comenzó a fotografiar arrecifes de coral, un tema que incluso le permitió filmar una última película, ya absolutamente vaciada de contenido, Impresiones bajo el agua, que realizó con 97 años y presentó en el 2000, ya con 100 años. Aprendió submarinismo a los 72 años y con más de 90 siguió lanzándose en paracaídas.

Tras escribir dos polémicas autobiografía, murió en el 2003 a los 101 años, cogida de la mano de su pareja y colaborador desde 1968, el cámara Horst Kettner.

martes, 8 de septiembre de 2009

A LO TONTO, A LO TONTO...

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A lo tonto, a lo tonto, la aculturación está ocupando el lugar de la endoculturación. Sabemos que la interculturalidad se ha dado a lo largo de la Historia. Actualmente quien domina los medios de comunicación transmite rasgos y comportamientos asimilables por la sociedad receptora. Uno de los objetivos de la antropología es observar que formas intangibles y materiales van desapareciendo y cuales las van suplantando en las manifestaciones estéticas, éticas, cívicas, etcétera.
Es necesario por tanto establecer unas premisas objetivas (teniendo en cuenta que no están exentas de ideología) a la hora de priorizar que bienes culturales urge proteger precisamente porque pueden estar en el umbral de la desaparición y sus posibles consecuencias. Pues como dijo Virgilio “si parva licet componere magnis” se debería tener encuenta la comparación de las pequeñas cosas con las grandes. Nuestra pequeña cotidianidad está invadida por elementos transmisores que van ocupando si nosotros lo permitimos o no, una colonización cultural dispuesta a desarmarnos de unos artefactos culturales fraguados en la sabiduría de la experiencia y el sentido común de miles de generaciones. Desde mi punto de vista es altamente peligrosa la pérdida, la desestructuración y el expolio que está llevando acabo la “aldea global” de McLuhan a nuestra cultura.


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martes, 18 de agosto de 2009

EL PATRIMONIO INTANGIBLE

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El patrimonio intangible está constituido por aquella parte invisible que reside en espíritu mismo de las culturas. El patrimonio cultural no se limita a las creaciones materiales. Existen sociedades que han concentrado su saber y sus técnicas, así como la memoria de sus antepasados, en la tradición oral. La noción de patrimonio intangible o inmaterial prácticamente coincide con la de cultura, entendida en sentido amplio como "el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o un grupo social" y que, "más allá de las artes y de las letras", engloba los "modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias" A esta definición hay que añadir lo que explica su naturaleza dinámica, la capacidad de transformación que la anima, y los intercambios interculturales en que participa.
El patrimonio intangible está constituido, entre otros elementos, por la poesía, los ritos, los modos de vida, la medicina tradicional, la religiosidad popular y las tecnologías tradicionales de nuestra tierra. Integran la cultura popular las diferentes lenguas, los modismos regionales y locales, la música y los instrumentos musicales tradicionales, las danzas religiosas y los bailes festivos, los trajes que identifican a cada región de España, la cocina española, el cuento,los mitos y las leyendas, las adivinanzas y canciones de cuna; los cantos de amor y villancicos; los dichos, juegos infantiles y creencias mágicas.


Cultura popular mejicana en los Corridos de -Los Tigres del Norte-


Los Tigres del Norte. El niño y la boda

Cuadro resumen de tipos de patrimonio



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domingo, 2 de agosto de 2009

EL CIELO FUE TESTIGO

El cielo fue testigo

Esta película dirigida por John Huston en el año 1957 e interpretada por Deborah Kerr y Robert Mitchum es una historia entre un soldado y una monja en una isla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. La relación de los personajes está tratada con gran sensibilidad y respeto hacia los dos mundos de donde provienen cada uno de ellos, un soldado de infanteria de marina y una novicia católica. La afectividad que se va creando entre este hombre y esta mujer contiene una carga emotiva atrincherada diríamos por las reglas a las que se ven sometidos en sus contextos de origen. La isla como territorio de encuentro de dos vidas unidas por un conflicto bélico pero a su vez un espacio de reconocimiento de dos seres solitarios con disciplinas similares y faltos del otro sexo como origen o retorno al paraiso, cuando él le dice a ella que son como Adán y Eva porque en ese lugar no tiene sentido la milicia ni las oraciones, sólo vivir.

La aparición de los japoneses en la isla y su ocupación durante un tiempo hará que aflore en él el instinto de protección hacia ella y de guerrero en defensa del territorio, asumiendo riesgos ante el enemigo. Ella está atrapada en sus propios códigos aunque en algún momento no puede ocultar un sentimiento mezcla de ternura y pasión contenida que él le despierta.

Quién sabe si esta historia escrita en el presente hubiera cambiado el destino de uno y otro. Robert Mitchum me ha ganado en este personaje, era un actor que no acababa de encajar en mis admirados de los de siempre. Deborah, aquí sigue siendo la actriz de escuadra y cartabón sin desbordar los excesos, su falsa frialdad que te conmueve como las estatuas griegas.



El cielo fue testigo. Director John Huston. 1967. Con Deborah Kerr y Robert Mitchum

LA FUNDADORA DEL PRADO


Isabel de Braganza. 1829. Óleso sobre lienzo. 254x172cm. Bernardo López Piquer.
Museo del Prado

Muy pocos portugueses saben que la fundadora del Museo del Prado de Madrid fue Maria Isabel de Braganza, lisboeta, hija del rey portugués Don Juan VI y de Carlota Joaquina de Borbón, que se convertiría en reina de España tras casar en 1816 con su tío Fernando VII. Algunos aficionados a la historia, y más particularmente a la historia del arte, llegan a descubrir que el que hoy es considerado uno de los más importantes museos del mundo, se fundó gracias a una portuguesa. Pero a pesar de ser uno de los museos que más visitan los turistas lusos, este importante dato pasa desapercibido para la mayor parte de ellos.
De forma casual Nuno Lima de Carvalho, director de la Galería de Arte del Casino de Estoril, y un gran amante de España, tuvo conocimiento de la noticia. Su nieto participó en la primera Ruta Ibérica que desde hace tres años organiza el periodista Agustín Remesal con jóvenes de los dos países. En una posterior reunión que los “ruteros ibéricos” realizaron a Salamanca visitaron la exposición “El retrato español en el Prado (de Goya a Sorolla)”, cuyo catálogo acabaría siendo un regalo para su abuelo. “Viendo este magnífico libro descubrí el retrato de la reina María Isabel de Braganza, en donde señalaban que era la fundadora del Museo del Prado”, explica Lima de Carvalho a ABC.
Una agradable sorpresa que le llevó a investigar todos los datos relativos posibles. Aficionada a Bellas Artes, Maria Isabel de Braganza practicaba la pintura y según cuentan los biógrafos, logró convencer a su marido para convertir el edificio de Juan de Villanueva, destinado en origen a albergar un Gabinete de Ciencias Naturales, en museo de arte. A Fernando VII le agradó la idea de poder guardar en este espacio todas las obras de arte de la Corona. El retrato que se conserva en el Prado fue pintado por Bernardo López Piquer, hijo de Vicente López. Datado en 1829, fue realizado once años después de la muerte de la reina, que falleció cuando daba a luz. En dicho retrato, Maria Isabel de Braganza apunta con el brazo derecho al edificio del museo que se ve a través de una ventana. Su mano izquierda está apoyada sobre una mesa, por encima de planos del museo. Los historiadores han destacado la importancia de este retrato con el cual la reina está representada como fundadora del museo.

Fachada del Museo del Prado pintada por Goya

Lo más sorprendente para Lima de Carvalho fue descubrir que tantas personalidades portuguesas desconociesen tan relevante hecho, y que incluso la familia de Braganza (Herederos al trono de Portugal) o en la Embajada de Portugal en España no se tuviese constancia de ello. “¿Cómo lograr divulgar la noticia?”, pensó, y entre sus ideas nació la de crear un premio de pintura con el nombre de la reina, que ya ha celebrado su primera edición. Además comenzó a escribir una carta a muchos alcaldes de Portugal, para informarles y al mismo tiempo buscar su apoyo para esta divulgación. El resultado está siendo muy positivo, pues hay ayuntamientos que han decidido dar el nombre de la reina Maria Isabel de Braganza a algún monumento o calle de su ciudad. Otro de los contactos realizados ha sido con la asociación de agencias de viajes, con el fin de poder divulgar la noticia a los turistas portugueses que visitan la capital española.
El cuadro en estos momentos no está expuesto, pero está previsto que vuelva a estar en una de las salas del Prado dentro de unos meses. Lima de Carvalho recuerda que los españoles no olvidan ni esconden el hecho de que haya sido una portuguesa la fundadora del Prado y lamenta que sea desconocido por la generalidad de los portugueses. Se merecía, al menos, “que constase su nombre en la toponimia de los centros urbanos y que su labor fuese registrada en los libros escolares de Historia”.

Belén Rodrígo. ABC Diario. 02-08-2009

EL TIEMPO, GRAN ESCULTOR.

La erosión debida a los elementos y a la brutalidad de los hombres se unen para crear una apariencia sin igual que recuerda a un bloque de piedra debastado por las olas. Alguna de estas modificaciones son sublimes y añaden una belleza involuntaria, asomada a los avatares de la historia, debida a los efectos de las causas naturales y del tiempo. La Victoria de Samotracia es ahora menos mujer y más viento de mar y cielo...