lunes, 10 de agosto de 2009

LA HABITACIÓN DEL HIJO

Habitación de escritor. Óleo/Contrachapado. Luis Rejano

Lo conoce mejor que a ella misma. O creía conocerlo, porque el joven silencioso y reservado que ahora vive en la casa le parece, en ocasiones, un extraño. El niño dejó de serlo hace tiempo. A veces, cuando está fuera, la madre se queda un rato en su habitación, callada, mirando los objetos, los libros –ella compró los primeros y los puso allí, soñando con el lector que alguna vez sería–, las fotos de amigos, de chicas. Las medallas que ganó en el colegio, tenaz, esforzado. Valiente como ella procuró enseñarle a ser. Con el ejemplo del padre: un buen hombre que nunca dice tres frases seguidas, pero que jamás faltó a su deber, ni hizo nada que no fuera honrado. Que educó al hijo con más ejemplos que palabras.

Inmóvil en la habitación, aspira su olor. Desde hace mucho es seco, masculino. Distinto del que tanto añora: aroma de cuerpecito menudo en pijama, olorcillo a carne tibia, casi a fiebre. A bebé y niño pequeño, que con el tiempo se desvanece y no regresa nunca. El crío que aparecía en la cama a medianoche con las mejillas húmedas, después de una pesadilla, para refugiarse a su lado, entre las sábanas. Quizá algún día recupere ese olor con un nieto, o una nieta. Con otro cuerpecito al que estrechar entre los brazos. Ojalá no esté demasiado mayor para entonces, piensa. Que aún tenga fuerza y salud para ocuparse de él, o de ella. Para disfrutarlos.

Libros. Hay muchos en la habitación, y jalonan veinticinco años de una vida. Infantiles, aventuras, viajes, textos escolares, materias universitarias, novela, ensayo, arte, historia. Desde niño, leyéndole cuentos e historietas, orientándolo con cautela, ella fue transmitiéndole el amor por la palabra escrita. La puerta maravillosa a mundos y vidas que acaban por multiplicar la propia: aspiraciones, sueños, anhelos cuajados en largas horas de lectura y templados en la imaginación. La intensidad de una mirada joven que explora el mundo en el descubrimiento de sí misma. Estos libros llevaron al muchacho a reconocerse entre los demás, a moverse con seguridad por el territorio exterior, a descubrir y planear un futuro. A estudiar una carrera bella y poco práctica, relacionada con la lengua, el pasado, el arte y la historia. A licenciarse en sueños maravillosos. En cultura y memoria.

Ahora ella, inquieta, se pregunta si hizo bien. Si la lucidez que estos libros dieron a su hijo no sirve más bien para atormentarlo. Lo sospecha al verlo salir de casa para entrevistas de trabajo de las que siempre vuelve hosco, derrotado. Cuando lo ve teclear en el ordenador buscando un resquicio imposible por donde introducirse y empezar una vida propia: la que soñó. Cuando lo ve callado, ausente, abrumado por el rechazo, la impotencia, la falta de esperanza que pronto sustituye, en su generación, a las ilusiones iniciales. Recuerda a los amigos que empezaron juntos la carrera animándose entre sí, dispuestos a comerse el mundo, a vivir lo que libros y juventud anunciaban gozosos. Cómo fueron desertando uno tras otro, desmotivados, hartos de profesores incompetentes o egoístas, de un sistema académico absurdo, injusto, estancado en sí mismo. De una universidad ajena a la realidad práctica, convertida en taifas de vanidades, incompetencia y desvergüenza. Pese a todo, su hijo aguantó hasta el final. Fue de los pocos: acabó los estudios. Licenciado en tal o cual. Un título. Una expectativa fugaz. Luego vino el choque con la realidad. La ausencia absoluta de oportunidades. El peregrinaje agotador en busca de trabajo. Los cientos de currículum enviados, el esfuerzo continuo e inútil. Y al fin, la resignación inevitable. El silencio. Tantas horas, días, años, de esfuerzo sin sentido. La urgencia de aferrarse a cualquier cosa. Hace una semana, cuando llenaba el formulario para solicitar un trabajo de dependiente en una tienda de ropa de marca, el consejo desolador de un amigo: «No pongas que tienes título universitario. Nadie emplea a gente que pueda causarle problemas».

Tocando los libros en sus estantes, la madre se pregunta si fue ella quien se equivocó. Si no tendría razón su marido al sostener que no está el mundo para chicos con sueños en la cabeza y libros bajo el brazo. Si al pretenderlo culto y lúcido no lo hizo diferente, vulnerable. Expuesto a la infelicidad, la barbarie, el frío intenso que hace afuera. Es entonces cuando, abriendo un libro al azar, encuentra unas líneas subrayadas –a lápiz y no con bolígrafo ni marcador, ella siempre insistió en eso desde que él era pequeño–: «En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir»(1).


Se queda un instante con el libro abierto, pensativa. Releyendo esas líneas. Después lo cierra despacio, devolviéndolo a su lugar. Y sonríe mientras lo hace. Una sonrisa pensativa. Dulce. Tal vez no se equivocó por completo, concluye. O no tanto como cree. Puede que él forjara sus propias armas para sobrevivir, después de todo. Quizá mereció la pena.

Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 16 de Agosto de 2009


NOTAS. (1) Justin Scott -El cazador de barcos-

lunes, 3 de agosto de 2009

ESPAÑA CAÑÍ



España cañí. Pasodoble. Pascual Marquina Narro (1873-1948)

Vamos a llamarlo, si les parece bien, hospital del Venerable Prepucio de San Agapito. O, si lo prefieren, de los Siete Dolores de Santa Genoveva. Para más datos, añadiremos que está situado en una ciudad del sur de España. Y el arriba firmante –yo mismo, vamos– camina por el pasillo de una de sus plantas después de haber conseguido, tras arduas gestiones, intensas sonrisas y mucho hágame el favor, permiso para visitar a un amigo internado de urgencia, al que sus innumerables pecados y vida golfa dejaron el hígado y otros órganos vitales en estado lamentable.

Voy por el pasillo, en fin, pensando en un informe publicado hace poco: uno de cada diez trabajadores de hospital español sufre agresiones físicas por parte de pacientes o sus familiares, y siete de cada diez son objeto de amenazas o insultos ante la pasividad de los seguratas correspondientes. Que con frecuencia, según las circunstancias, prefieren no complicarse la vida. Y no deja de tener su lógica. Una cosa es decir no alborote, señora, caballero, a un ama de casa de Reus o a un jubilado de Úbeda cabreados con o sin motivo, y otra diferente, más peliaguda, impedir que un musulmán entre a la fuerza con su legítima en el quirófano, decirle a un subsahariano negro de color que no es hora de visitas, o informar a cuatro miembros de la mara Salvatrucha que la puñalada que recibió su amigo Winston Sánchez no se la podrán coser hasta mañana. Ahí, a poco que falle el tacto, sales en los periódicos.

Pienso en eso, como digo, mientras busco la habitación B-37. En éstas llego a una sala de espera con los asientos y el suelo cubiertos de mantas, papeles, vasos de plástico y botellas de agua vacías; y cuando me dispongo a embocar el pasillo inmediato, dos gitanillos que se persiguen uno a otro impactan, sucesivamente, contra mis piernas. Me zafo como puedo, mientras creo recordar que en los hospitales están prohibidos los niños, sueltos o amarrados. Luego miro en torno y veo a una señora entrada en carnes, con una teta fuera y dándole de mamar a una rolliza criatura que sorbe con ansia de superviviente. Slurp, slurp, slurp. A ver dónde me he metido, pienso con el natural desconcierto. Entonces miro hacia el pasillo y me paro en seco.

Imaginen un pasillo de hospital de toda la vida. Y allí, arremolinada, una quincena de personas vociferantes: seis o siete varones adultos, otras tantas mujeres y algunos niños parecidos a los que acaban de dislocarme una rótula en la sala de espera. Sobre los mayores, para que ustedes se hagan idea, tecleas juntas en Google las palabras García Lorca, Guardia Civil, Heredias, Camborios, primo y prima, y salen sus fotos: patillas, sombreros, algún bastón con flecos, dientes de oro y anillos de lo mismo. Sólo les falta un Mercedes del año 74. Los jóvenes visten de oscuro y tienen un aire desgarrado y peligroso que te rilas, a medio camino entre Navajita Plateá y las Barranquillas. En cuanto a las Rosarios, sólo echas de menos claveles en los moños. Las jóvenes tienen cinturas estrechas, pelo largo, negrísimo, y ojos trágicos. Una lleva un niño en brazos. Todas van de negro, como de luto anticipado. Y en el centro del barullo, pegado a la pared, un médico vestido de médico. Acojonado.

A José Antonio Rubio Sacristán

Voces de muerte sonaroncerca del Guadalquivir. Voces antiguas que cercanvoz de clavel varonil. Les clavó sobre las botas mordiscos de jabalí. En la lucha daba saltos jabonados de delfín. Bañó con sangre enemiga su corbata carmesí, pero eran cuatro puñales y tuvo que sucumbir. Cuando las estrellas clavan rejones al agua gris, cuando los era les sueñan verónicas de alhelí, voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir.
-Antonio Torres Heredia, Camborio de dura crin, moreno de verde luna, voz de clavel varonil:
¿Quién te ha quitado la vida cerca del Guadalquivir?-Mis cuatro primos Heredias, hijos de Benamejí. Lo que en otros no envidiaban, ya lo envidiaban en mí.Zapatos color corinto, medallones de marfil, y este cutis amasado con aceituna y jazmín.-¡Ay, Antoñito el Camborio, digno de una Emperatriz! Acuérdate de la Virgen porque te vas a morir.-¡Ay, Federico García, llama a la Guardia Civil! Ya mi talle se ha quebrado como caña de maíz.
Tres golpes de sangre tuvo y se murió de perfil.Viva moneda que nuncase volverá a repetir.
Un ángel marchoso ponesu cabeza en un cojín.Otros de rubor cansados encendieron un candil. Y cuando los cuatros primos llegan a Benamejí, voces de muerte cesaron cerca del Guadalquivir.


Navajita Plateá y Alba Molina -Noches de Bohemia-

«Ha matao ar papa, ha matao ar papa», gritan las mujeres, desgañitándose. Insultan y amenazan al médico los hombres, más sobrios y en su papel. «He dihe que ze moría y za muerto», dice uno de ellos, inapelable. «Te vi a rahá.» El médico, pálido, más blanco que su bata, la espalda contra la pared, balbucea explicaciones y excusas. Que si era muy viejo, que si aquello no tenía remedio. Que si la ciencia tiene sus límites, y tal. «Lo habei matao, criminá», vocifera otro, pasando mucho del discurso exculpatorio. Una de las Rosarios salta con extraño zapateado, agitándose la falda. «Er patriarca», se desmelena. «Er patriarca.» Lloran y gritan las otras, haciendo lo mismo. «Pinsharlo, pinsharlo», sugiere una de las jóvenes. «Que ha matao ar papa.»

Gitano viejo

Me quedo donde estoy, prudente. Mejor el médico que yo, pienso. Que cada cual enfrente su destino. Algunas cabezas de enfermos y visitantes asoman por las puertas de las habitaciones, contemplando el espectáculo con curiosidad. Miro alrededor, buscando una ruta de retirada idónea. Los dos gitanillos continúan persiguiéndose sobre las mantas y las botellas vacías, y el mamoncete sigue a lo suyo, pegado a la teta. Slurp, slurp. En la máquina del café, dos guardias de seguridad, vueltos de espaldas a lo que ocurre en el pasillo, parecen muy ocupados contando monedas y buscando la tecla adecuada para servirse un cortado. Me acerco a ellos. ¿Hay capuchino?, pregunto, metiendo un euro. Ellos mismos pulsan mi tecla, amables. Estamos los tres en silencio mientras sale el chorrito.

Boda gitana. Favia

Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 9 de Agosto de 2009

domingo, 2 de agosto de 2009

EL CIELO FUE TESTIGO

El cielo fue testigo

Esta película dirigida por John Huston en el año 1957 e interpretada por Deborah Kerr y Robert Mitchum es una historia entre un soldado y una monja en una isla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. La relación de los personajes está tratada con gran sensibilidad y respeto hacia los dos mundos de donde provienen cada uno de ellos, un soldado de infanteria de marina y una novicia católica. La afectividad que se va creando entre este hombre y esta mujer contiene una carga emotiva atrincherada diríamos por las reglas a las que se ven sometidos en sus contextos de origen. La isla como territorio de encuentro de dos vidas unidas por un conflicto bélico pero a su vez un espacio de reconocimiento de dos seres solitarios con disciplinas similares y faltos del otro sexo como origen o retorno al paraiso, cuando él le dice a ella que son como Adán y Eva porque en ese lugar no tiene sentido la milicia ni las oraciones, sólo vivir.

La aparición de los japoneses en la isla y su ocupación durante un tiempo hará que aflore en él el instinto de protección hacia ella y de guerrero en defensa del territorio, asumiendo riesgos ante el enemigo. Ella está atrapada en sus propios códigos aunque en algún momento no puede ocultar un sentimiento mezcla de ternura y pasión contenida que él le despierta.

Quién sabe si esta historia escrita en el presente hubiera cambiado el destino de uno y otro. Robert Mitchum me ha ganado en este personaje, era un actor que no acababa de encajar en mis admirados de los de siempre. Deborah, aquí sigue siendo la actriz de escuadra y cartabón sin desbordar los excesos, su falsa frialdad que te conmueve como las estatuas griegas.



El cielo fue testigo. Director John Huston. 1967. Con Deborah Kerr y Robert Mitchum

LA FUNDADORA DEL PRADO


Isabel de Braganza. 1829. Óleso sobre lienzo. 254x172cm. Bernardo López Piquer.
Museo del Prado

Muy pocos portugueses saben que la fundadora del Museo del Prado de Madrid fue Maria Isabel de Braganza, lisboeta, hija del rey portugués Don Juan VI y de Carlota Joaquina de Borbón, que se convertiría en reina de España tras casar en 1816 con su tío Fernando VII. Algunos aficionados a la historia, y más particularmente a la historia del arte, llegan a descubrir que el que hoy es considerado uno de los más importantes museos del mundo, se fundó gracias a una portuguesa. Pero a pesar de ser uno de los museos que más visitan los turistas lusos, este importante dato pasa desapercibido para la mayor parte de ellos.
De forma casual Nuno Lima de Carvalho, director de la Galería de Arte del Casino de Estoril, y un gran amante de España, tuvo conocimiento de la noticia. Su nieto participó en la primera Ruta Ibérica que desde hace tres años organiza el periodista Agustín Remesal con jóvenes de los dos países. En una posterior reunión que los “ruteros ibéricos” realizaron a Salamanca visitaron la exposición “El retrato español en el Prado (de Goya a Sorolla)”, cuyo catálogo acabaría siendo un regalo para su abuelo. “Viendo este magnífico libro descubrí el retrato de la reina María Isabel de Braganza, en donde señalaban que era la fundadora del Museo del Prado”, explica Lima de Carvalho a ABC.
Una agradable sorpresa que le llevó a investigar todos los datos relativos posibles. Aficionada a Bellas Artes, Maria Isabel de Braganza practicaba la pintura y según cuentan los biógrafos, logró convencer a su marido para convertir el edificio de Juan de Villanueva, destinado en origen a albergar un Gabinete de Ciencias Naturales, en museo de arte. A Fernando VII le agradó la idea de poder guardar en este espacio todas las obras de arte de la Corona. El retrato que se conserva en el Prado fue pintado por Bernardo López Piquer, hijo de Vicente López. Datado en 1829, fue realizado once años después de la muerte de la reina, que falleció cuando daba a luz. En dicho retrato, Maria Isabel de Braganza apunta con el brazo derecho al edificio del museo que se ve a través de una ventana. Su mano izquierda está apoyada sobre una mesa, por encima de planos del museo. Los historiadores han destacado la importancia de este retrato con el cual la reina está representada como fundadora del museo.

Fachada del Museo del Prado pintada por Goya

Lo más sorprendente para Lima de Carvalho fue descubrir que tantas personalidades portuguesas desconociesen tan relevante hecho, y que incluso la familia de Braganza (Herederos al trono de Portugal) o en la Embajada de Portugal en España no se tuviese constancia de ello. “¿Cómo lograr divulgar la noticia?”, pensó, y entre sus ideas nació la de crear un premio de pintura con el nombre de la reina, que ya ha celebrado su primera edición. Además comenzó a escribir una carta a muchos alcaldes de Portugal, para informarles y al mismo tiempo buscar su apoyo para esta divulgación. El resultado está siendo muy positivo, pues hay ayuntamientos que han decidido dar el nombre de la reina Maria Isabel de Braganza a algún monumento o calle de su ciudad. Otro de los contactos realizados ha sido con la asociación de agencias de viajes, con el fin de poder divulgar la noticia a los turistas portugueses que visitan la capital española.
El cuadro en estos momentos no está expuesto, pero está previsto que vuelva a estar en una de las salas del Prado dentro de unos meses. Lima de Carvalho recuerda que los españoles no olvidan ni esconden el hecho de que haya sido una portuguesa la fundadora del Prado y lamenta que sea desconocido por la generalidad de los portugueses. Se merecía, al menos, “que constase su nombre en la toponimia de los centros urbanos y que su labor fuese registrada en los libros escolares de Historia”.

Belén Rodrígo. ABC Diario. 02-08-2009

jueves, 30 de julio de 2009

EL MUSEO Y EL PATRIMONIO BÉLICO-MILITAR

La guerra y todo lo que rodea a esta actividad es un campo tradicional de la museología. Sin embargo, a lo largo del siglo XX y por diversas razones, el patrimonio militar europeo está revalorizado enormemente, encontrando los museólogos en este ámbito enormes posibilidades de investigación científica y aplicaciones didácticas, muy en relación con las recreaciones históricas.
La guerra forma parte de la Historia y sería absurdo pretender que se pueda entender ésta sin aquella. Desde que el concepto de patrimonio se ha extendido a otros campos que no son estríctamente artísticos y arqueológicos, todo lo que tiene que ver con el devenir de los hombres tiene interés, incluida la barbarie y la violencia. La diversidad del patrimonio militar es enorme y proporcional a los esfuerzos invertidos, en todo tiempo y lugar, por procurar seguridad y control del territorio. Los restos bélicos dejados en el paisaje, tales como murallas y líneas defensivas, la adecuación de los asentamientos a un recinto murario y todas las tipologías de objetos y artefactos diversos con función ofensiva o defensiva elaborados por la Humanidad no pueden ignorarse en aras de un pseudopacifismo que niegue los valores históricos, arquitectónicos, tecnológicos y también artísticos de este ámbito de nuestro pasado.




Castillo medieval
En este sentido conviene recordar que hoy constituyen Patrimonio de la Humanidad y sin que ninguna voz haya cuestionado su elección unánime, numerosos recientos defensivos y castillos medievales, como la Gran Muralla China o el casco antiguo de Dubrovnik en Croacia.
En España los museos militares y en especial su "buque insignia", el Museo del Ejército, cuyos precedentes corresponden a la época e iniciativa de Godoy a principios del siglo XIX, la historia militar del país.
Y es que el reconocimiento de la historia militar y en consecuencia la puesta en valor de los lugares ligados a ella tienen una gran raigambre en Estados Unidos y en buena parte de Europa. En el primer caso ha de citarse la musealización del lugar en el que tuvo lugar la batalla de Saratoga de 1777, en Nueva York, que ha dado lugar al Saratoga Nacional Historic Park, creado en fecha tan temprana como 1927 para conmemorar la batalla decisiva en la lucha por la independencia americana. En Eurpa este interés guarda sobre todo con los acontecimientos bélicos de la Segunda Guerra Mundial, pero también con la llamada Gran Guerra y los grandes hitos de la expansión napoleónica. En Francia el Musée de la Bataille de Verdun sirvió para conmemorar esta importante batalla de la Segunda Guerra Mundial, pero su instalación data de 1967 y hoy resulta, en cuanto a su exposición, algo anticuada. Sin embargo, la idea se exportó a otros muchos museos y memoriales que se crearon en los años 90 con el propósito de explicar el patrimonio militar al gran público. Por ejemplo, al dedicado a la Gran Guerra en Peronne o al pequeño museo monográfico de Vimy, cerca de Arras.




A las trincheras
En Normandía son numerosísimos los centros y museos que han surgido en relación con el desembarco de los aliados en 1944: Arromanches, Caen, Calais, Omaha Beach....son algunos de los 36 centros relacionados con él, hasta el punto de que se ha llegado a afirmar que la economía de Normandía vive hoy, directa e indirectamente, de los recursos que obtiene del recuerdo del desembarco aliado. También se ha musealizado el entorno de la batalla del Somme y el de Las Ardenas.
Tampoco están ausentes los museos dedicados a la Segunda Guerra Mundial en Alemania, si bien los que más interesa destacar son los relacionados con la memoria del holocausto judío.

La líneas establecidas con motivo de las grandes contiendas europeas han sido también objeto de musealización en algunos casos. Así, la Línea Maginot, especialmente en la zona de Alsacia y Lorena, establecida por el ministro de la Guerra francés André Maginot en 1930, o el Museo del Atlántico, desarrollado como defensa por los alemanes en la zona de Normandía con objeto de evitar el avance enemigo. Hoy se han convertido en interesantes centros de explicación del patrimonio que permiten al visitante reflexionar sobre la guerra y también sobre la paz.




Museo de Normandía
Hay que citar también los museos monográficos que tienen el doble interés de conservar los avances de la tecnología puesta al servicio de la vida militar, en especial, durante el siglo XX. El Musée de L'Air et de L'Espace Le Bourget, creado en 1916 en Francia, es uno de ellos. En España cabría citar el Museo de Aeronáutica de Cuatro Vientos, el Museo de Unidades Acorazadas de El Goloso o el Museo de Vehículos de Torrejón de Ardoz, todos ellos de titularidad militar. En cuanto al patrimonio militar naval, desgraciadamente son pocos los ejemplos españoles que pueden citarse, con la honrosa excepción del Museo Naval del Ministerio de Defensa. Sin embargo, no se han conservado y musealizado buques de diferentes épocas, como sí ha ocurrido en países como Suecia o Inglaterra.

En España se conservan convertidos en museos militares o musealizados por su interés monumental algunos de los muchos castillos medievales (Alcázar de Segovia, Castillo de Manzanares el Real...) fortalezas barrocas (Puigcerdá, Alburquerque, Ciudad Rodrigo, Pamplona, Jaca...) y fortines que posee nuestro país. Entre los primeros cabe citar a modo de ejemplo el actual Museo de -El Desnarigado-, en Ceuta, con antecedentes en fuertes del siglo XV y XVI. A principios del siglo XX, el fuerte dejó de prestar servicio como batería y pasó a ser polvorín, para convertirse finalmente en 1984 en un museo dedicado a mostrar la historia militar de la ciudad.
Entreel rico patrimonio de forticaciones que pertenece y es administrado por el Departamento de Defensa cabe destacar también la intervención en el Castillo de San Fernando en Figueras. Es éste una magnífica fortalezal tipo "Vauban" que terminó de construirse muy avanzado el siglo XVIII y hoy se ha convertido en un centro patrimonial que se mantiene gracias a la coordinación y participación de tres administraciones públicas: su titular, el Ministerio de Defensa, la Generalitat catalana y el Ayuntamiento de Figueras.
Por el contrario, no se han potenciado demasiado hasta la fecha muchos otros aspectos del patrimonio militar, como por ejemplo la localización para el estudio histórico de los campos de batalla y de las líneas defensivas y atrincheramientos, si bien han ido surgiendo en ocasiones vestigios de éstos como consecuencia de la intervención puntual sobre el patrimonio arqueológico o los trabajos de la llamada Arqueología Preventiva en cada región. Así, en la Comunidad Autónoma de Madrid se han localizado las lineas defensivas de la capital en las terrazas del Manzanares como consecuencia de la elaboración de la Carta Arqueológica de la región.

DESTROZANDO LA MEMORIA

Atenea naciendo de la cabeza de su padre

Les hablaba la semana pasada de manipulaciones históricas y de museos desaparecidos, o pasados por el tamiz del pacifismo simplón, de telediario y foto de periódico, que tanto nos pone. Y al final, por falta de espacio, me quedé con ganas de mencionar también otra clase de museos, esta vez al aire libre: los escenarios de sucesos históricos. Alguna vez hablé aquí del magnífico trabajo de conservación que el Gobierno belga hace en Waterloo, escenario de la última batalla napoleónica. Menos el museo local y la colina artificial del León, desde donde puede abarcarse con la vista todo el terreno, el lugar está intacto. Ni una casa más, o casi, desde 1815. Eso hace posible un continuo ir y venir de visitantes: turistas, aficionados, historiadores, colegios y gente así. En España, como saben, la situación suele ser la opuesta. Esas cosas tienen mala prensa; no sólo por confusiones ideológicas, sino también, y sobre todo, por ignorancia y desidia. Ni siquiera el franquismo, con todos sus trompeteos y fastos imperiales, se interesó por esos lugares. Excepto los monumentos y placas de la Cruzada contra los rojos malvados, lo demás importaba un carajo. Casi todos los monumentos conmemorativos de la historia de España los debemos a iniciativas cultas del siglo XIX y principios del XX. Eso dura hasta hoy. El Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, pidió y obtuvo el año pasado, en plena demagogia del Bicentenario, textos para placas que señalarían lugares notables del 2 de Mayo; y que, año y pico después, ni están colocadas ni se las espera. Mientras que en París no hay apenas calle sin mención de que allí murió Fulanito Dupont luchando contra los nazis, las ciudades italianas están salpicadas de alusiones a los que cayeron sotto il piombo tedesco, y a los republicanos españoles se los recuerda más en Francia que en España. Mucha gente, políticos analfabetos sobre todo, cree que se trata de recordar batallitas del abuelo Cebolleta. Por eso desprecian y degradan lugares que podrían servir como atracción turística y como lección viva de Historia y de memoria. Ahí están, entre muchos, los ejemplos de Las Navas de Tolosa, Arapiles, Bailén –chalets adosados por todas partes–, o la atrocidad que se está haciendo con el paisaje histórico de Numancia, con el proyecto de un polígono industrial que destrozará lo que en cualquier país decente sería de cuidado exquisito y visita obligada para escolares. O el parque eólico marino que se instalará, como si no hubiera otro lugar en toda la costa, exactamente en las aguas donde se libró el combate del cabo Trafalgar. Desparrame este, el de los molinos eólicos –subvencionados con fondos públicos y con mucho interés privado mojando en la salsa–, que pende sobre algunos de los pocos lugares de importancia histórica que nos quedan intactos. Como Uclés. El caso de Uclés clama al cielo. Aparte de que el pueblo sea de una belleza espectacular con sus calles medievales, sus murallas y monasterio, y de que desde sus alturas pueda contemplarse un paisaje extraordinario, allí tuvieron lugar dos acontecimientos importantes en la historia de España. Uno fue la batalla famosa en la que, el año 1108, un ejército almorávide compuesto de murcianos, valencianos y cordobeses bajo el mando de Tamin Yusuf saqueó la ciudad después de hacer picadillo en la llanura a un ejército castellano, cortando tres mil cabezas cristianas entre las que se contaban las de García Ordóñez –el enemigo del Cid– y el infantito don Sancho, hijo del rey Alfonso VI. Y setecientos años más tarde, en 1809 y exactamente en el mismo sitio, las tropas francesas mandadas por los generales Ruffin y Villatte destrozaron al ejército español del Centro, que mandaban los zánganos incompetentes del general Venegas y el duque del Infantado, haciendo una carnicería de juzgado de guardia. Ese doble campo de batalla, bajo los muros mismos de Uclés, se encuentra milagrosamente intacto; igual que estaba, no hace dos siglos, sino nueve. Y acabo de enterarme de que hay un proyecto, apoyado por la Junta de Castilla-La Mancha, para instalar un parque eólico con torres de 121 metros de altura a tres kilómetros y medio de allí, sobre la sierra vecina. Reventando no sólo ese magnífico paisaje histórico y natural, sino también el del cercano parque arqueológico de Segóbriga. Con fondo de molinillos dando vueltas. Flop, flop. Imaginen la foto. Confieso, de todas formas, que lo de Uclés lo tengo como asunto personal. Porque también en sus campos se libró una tercera pajarraca, ésta ficticia. O de pastel. Allí, debido precisamente a lo limpio del lugar y su belleza, se situó la escena de la batalla de Rocroi durante el rodaje de la película Alatriste. Así que calculen. Ponerle molinos de fondo al paisaje donde transcurre mi escena favorita, cuando Viggo Mortensen, hecho polvo como sus colegas, le dice al franchute: «Decid al señor duque de Enghien que agradecemos su oferta, pero éste es un tercio español». O sea. Me llevan los diablos.
Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 2 de agosto de 2009




Batalla de Recroi

martes, 21 de julio de 2009

EL MUSEO DESAPARECIDO


Paloma mensajera disecada nº 46.415 que muríó en Jaén (año 1.936) después de que, malherida, entregase un mensaje en el puesto de Santa María de la Cabeza. Esta paloma fue condecorada por tal acción. Antiguo Museo del Ejército. Madrid
Paso a menudo junto al antiguo museo del Ejército, cerca de la Real Academia Española, y cada vez siento la misma desolación al ver sus puertas cerradas. Uno de los más espectaculares museos de historia de España que conocí ya no existe. Kaputt. Me lo robaron. Le debo el favor definitivo al ex presidente Aznar, al ex ministro Trillo y al Pepé, entonces en el gobierno. Pasándose por el arrogante forro todas las protestas y argumentos razonables, esos individuos echaron el cierre al recinto para trasladar su contenido al Alcázar de Toledo. Les hacía más ilusión tenerlo allí todo junto, supongo. Alcázar, militares, ejército. Las hordas rojas. Etcétera. Dando, de paso, nuevos argumentos a los imbéciles que sostienen que en España la memoria es de derechas, y que la historia militar se la inventó el franquismo. Hay que joderse. En fin. Con lo del museo me alegro por los toledanos, que así lo tienen a mano. Mejor para el turismo local. Pero a mucha otra gente nos queda lejos, y Madrid ya no tiene museo del Ejército. Ésa es la fetén. En cuanto a lo que haya ocurrido con los riquísimos fondos que el viejo lugar contenía, lo comentaré con ustedes cuando inauguren el nuevo. Y lo vea despacio. Aunque, como devoto del museo antiguo –ese concepto romántico y abigarrado, donde cabía todo–, barrunto que la puesta al día, moderna, luminosa y tal, se cobrará daños colaterales. Mucha misión humanitaria y poca guerra, ya me entienden. Paz por un tubo. Como si tres mil años de historia, con los españoles dándole cebollazos a los de afuera, o dándoselos entre sí, pudieran borrarse con buenas intenciones. Y no sólo eso. Me cuentan que los textos que acompañarán a las piezas, cuando hacen alusión a España como esfuerzo común de una nación –imaginen si ahí debería haber unos cuantos–, están siendo mirados con lupa, a fin de no ofender sensibilidades ni doctrinas pacíficas al uso. Toda referencia a hechos que contradigan la diversidad plurinacional y plurimorfa de este pluriputiferio nuestro se camufla o adoba de modo conveniente. O se intenta. Como la Guerra de Sucesión y Felipe V, por ejemplo, por algunos de cuyos aspectos pasaremos de puntillas. O la actuación de los voluntarios catalanes y vascos que combatieron bajo las órdenes del general Prim en la guerra de Marruecos. Delicadísimo asunto ese, por cierto. Guerra colonial donde las haya, muy políticamente incorrecta. Y con moros, además. Por no hablar del desembarco de Alhucemas, cuando la dictadura de Primo de Rivera. Y de la Legión y Melilla, comandantes incluidos –tengo curiosidad por ver cómo se resuelve eso–. Y de la Guerra Civil, con toda una España republicana buena y solidaria frente a unos pocos nacionales malos y peinados con gomina. Etcétera. Pero la cosa no queda sólo en Toledo. O no va a quedar. Ahí está el caso escandaloso del Museo Naval de San Fernando, Cádiz, cuyas nuevas instalaciones han costado tres millones de euros; y que, cuando todo estaba listo para trasladar el museo viejo al lugar adecuado, digno de la antigua isla de San Carlos y de su historia, el ministerio de Defensa lo ha puesto patas arriba, instalando en el nuevo recinto, como si no hubiera otras instalaciones militares cerca, a la infantería de Marina, y dejando la colección en donde estaba. Pero aún puede ser peor. Tal es el caso de ciertas ideas, o tentaciones, sobre una renovación del Museo Naval de Madrid, afortunadamente aplazadas. Y digo afortunadamente porque una cosa es reformar y actualizar, y otra aprovechar el barullo para descafeinar el asunto, adecuándolo a la doctrina de turno. Me aterra pensar en lo que ese magnífico museo podría convertirse, una vez pasado por la criba de lo políticamente correcto. Por el titular de telediario y la foto en primera página. Hay quien opina, en Defensa, que el Museo Naval tiene demasiado contenido bélico y conviene rebajarle un poco el nivel, dando más relieve a las exploraciones y a los avances científicos que tanto debieron a los marinos ilustrados y cartógrafos españoles. En eso estoy de acuerdo, pues sólo los nombres de Jorge Juan y Antonio de Ulloa o la expedición de Malaspina merecerían espacios monográficos. Pero también es cierto que la historia naval española está llena de hechos de armas –el mar era un continuo batallar– y eso no hay pacifismos mal entendidos ni buen rollito que lo borren. Conociendo el ganado, temo que una actualización de ese bellísimo museo terminaría alterando conceptos históricos fundamentales para adecuarlos al canon oficial de esta España Que Nunca Existió, en la que tanto golfo y tanto imbécil medran a sus anchas. Dense una vuelta por el desaparecido museo militar de Montjuic –futuro museo de la Paz– o por el naval de las Atarazanas de Barcelona, moderno y muy bien concebido en lo formal. Lean despacio los textos en este último, comprueben lo que hay y lo que falta. Verán a qué me refiero.

Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro. Antiguo Museo del Ejército. Madrid

Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 26 de julio de 2009

lunes, 23 de febrero de 2009

CERVANTES, ESQUINA A LEÓN


Me gusta la calle Cervantes de Madrid. No porque sea especialmente bonita, que no lo es, sino porque cada vez que la piso tengo la impresión de cruzarme con amistosos fantasmas que por allí transitan. En la esquina con la calle Quevedo, uno se encuentra exactamente entre la casa de Lope de Vega y la calle donde vivió Francisco de Quevedo, pudiendo ver, al fondo, el muro de ladrillo del convento de las Trinitarias, donde enterraron a Cervantes. A veces me cruzo por allí con estudiantes acompañados de su profesor. Eso ocurrió el otro día, frente al lugar donde estuvo la casa del autor del Quijote, recordado por dos humildes placas en la fachada –en Londres o París esa calle sería un museo espectacular con colas de visitantes, librerías e instalaciones culturales, pero estamos en Madrid, España–. La estampa del grupo era la que pueden imaginar: una veintena de chicos aburridos, la profesora contando lo de la casa cervantina, cuatro o cinco atendiendo realmente interesados, y el resto hablando de sus cosas o echando un vistazo al escaparate de un par de tiendas cercanas. Cervantes les importa un carajo, me dije una vez más. Algo comprensible, por otra parte. En el mundo que les hemos dispuesto, poca falta les hace. Mejor, quizás, que ignoren a que sufran. Pasaba junto a ellos cuando la profesora me reconoció. Es un escritor, les dijo a los chicos. Autor de tal y cual. Cuando pronunció el nombre del capitán Alatriste, alguno me miró con vago interés. Les sonaba, supongo, por Viggo Mortensen. Saludé, todo lo cortés que pude, e hice ademán de seguir camino. Entonces la profesora dijo que yo conocía ese barrio, y que les contase algo sobre él. Cualquier cosa que pueda interesarles, pidió. La docencia no es mi vocación. Además, albergo serias reservas sobre el interés que un grupo de quinceañeros puede tener, a las doce de la mañana de un día de invierno frío y gris, en que un fulano con canas en la barba les cuente algo sobre el barrio de las Letras. Pero no tenía escapatoria. Así que recurrí a los viejos trucos de mi lejano oficio. Plantéatelo como una crónica de telediario, me dije. Algo que durante minuto y medio trinque a la audiencia. Una entradilla con gancho, y son tuyos. Luego te largas. «Se odiaban a muerte», empecé, viendo cómo la profesora abría mucho los ojos, horrorizada. «Eran tan españoles que no podían verse unos a otros. Se envidiaban los éxitos, la fama y el dinero. Se despreciaban y zaherían cuanto les era posible. Se escribían versos mordaces, insultándose. Hasta se denunciaban entre sí. Eran unos hijos de la grandísima puta, casi todos. Pero eran unos genios inmensos, inteligentes. Los más grandes. Ellos forjaron la lengua magnífica en la que hablamos ahora.» Me reía por los adentros, porque ahora todos los chicos me miraban atentos. Hasta los de los escaparates se habían acercado. Y proseguí: «Tenéis suerte de estar aquí –dije, más o menos–. Nunca en la historia de la cultura universal se dio tanta concentración de talento en cuatro o cinco calles. Se cruzaban cada día unos y otros, odiándose y admirándose al mismo tiempo, como os digo. Ahí está la casa de Lope, donde alojó a su amigo el capitán Contreras, a pocos metros de la casa que Quevedo compró para poder echar a su enemigo Góngora. Por esta esquina se paseaban el jorobado Ruiz de Alarcón, que vino de México, y el joven Calderón de la Barca, que había sido soldado en Flandes. En el convento que hay detrás enterraron a Cervantes, tan fracasado y pobre que ni siquiera se conservan sus huesos. Lo dejaron morir casi en la miseria, y a su entierro fueron cuatro gatos. Mientras que al de su vecino Lope, que triunfó en vida, acudió todo Madrid. Son las paradojas de nuestra triste, ingrata, maldita España». No se oía una mosca. Sólo mi voz. Los chicos, todos, estaban agrupados y escuchaban respetuosos. No a mí, claro, sino el eco de las gentes de las que les hablaba. No las palabras de un escritor coñazo cuyas novelas les traían sin cuidado, sino la historia fascinante de un trocito de su propia cultura. De su lengua y de su vieja y pobre patria. Y qué bien reaccionan estos cabroncetes, pensé, cuando les das cosas adecuadas. Cuando les hacen atisbar, aunque sea un instante, que hay aventuras tan apasionantes como el Paris-Dakar o mira quien baila, y que es posible acceder a ellas cuando se camina prevenido, lúcido, con alguien que deje miguitas de pan en el camino. Le sonreí a la profesora, y ella a mí. «Bonito trabajo el suyo, maestra», dije. «Y difícil», respondió. «Pero siempre hay algún justo en Sodoma», apunté señalando al grupo. Mientras me alejaba, oí a algunos chicos preguntar qué era Sodoma. Me reía a solas por la calle del León, camino de Huertas. Desde unos azulejos en la puerta de un bar, Francisco de Quevedo me guiñó un ojo, guasón. Le devolví el guiño. La mañana se había vuelto menos gris y menos fría.




Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 1 de marzo de 2009

domingo, 18 de enero de 2009

LO BELLO ES DIFÍCIL


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El asombro del arte, el amor a la verdad, a la sensibilidad de la mirada, a la libertad. Todo eso enseña, en palabras del filósofo y académico, la exposición 'entre dioses y hombres' del Museo del Prado. En su visita vio mucho más que sesenta esculturas clásicas: encontró toda una celebración de la vida y el goce de mirar.

Al entrar en el Prado para recorrer con la mirada la exposición, no podemos por menos de recordar una palabra maravillosa de las muchas que hemos heredado de la cultura griega y que, espero, no se nos vayan olvidando. Esa palabra es el "asombro" (thaumasía). Parece que fue esta extrañeza ante los misterios del mundo, ante la armonía de los astros, ante la luz y la belleza que podían mostrarnos, lo que provocaba ese asombro. Asombrarse suponía descubrir lo "otro" y saber establecer esa distancia que nos permite entender. Si vivimos saturados de entorno, aplastados de noticias que no queremos o no podemos discernir; si no sabemos intuir esa lejanía necesaria para mirar, para entrever, incluso para tocar lo que nos rodea, estamos en el camino, en el mal camino, de perder la sensibilidad y, por supuesto, la inteligencia. Fue el asombro, la distancia, el no querer dar por hecho nada de lo que observábamos, lo que originó, decían los griegos, la filosofía, o sea, la curiosidad, el apego, la necesidad y la pasión por entender y entendernos.

Muchacha pensativa terracota. Obra helenística romana. Siglo II a.C. I d. C. 21,6 x 5 x 4,1 cm. Dresde.

UNA EXPERIENCIA ASOMBROSA ES, pues, la visita a esta exposición de esculturas del Museo Albertinum de Dresde y el Museo del Prado. El primer momento de asombro, de distancia ante tanta belleza, es el que nos lleva a pensar que fueron ellos, los griegos, quienes la inventaron al debatir largamente sobre esa palabra "bello" (kalós), que junto con la "verdad" (aletheia) y la "justicia" (dike) marcaban y nutrían el espacio de la cultura, de la paideia. La cultura, entendida no como un bloque de artes, conocimientos y saberes, sino como un proceso, una construcción encarnada en la estructura natural, la physis; un dinamismo que convertía a ese animal atado a todos los instintos de los otros animales en animal que con el logos, con la palabra, con la capacidad de entender y crear, trascendía los límites de su propia animalidad y entraba así en un territorio absolutamente nuevo, el territorio de lo humano. Y en él, no sólo la palabra nos distinguía, sino también la mirada: el aprender a mirar y, desde esa mirada, descubrir el querer, el amar.

Hay testimonios literarios suficientes para definir esa cultura de la luz, de la iluminación que el romanticismo alemán empezó a llamar el "milagro griego". Basta recordar aquel comienzo de un libro clásico en los orígenes de la filosofía cuya primera línea dice: "Todos los hombres tienden por naturaleza a mirar". A mirar sabiendo, claro está, porque esa mirada, esa "idea", era etimológicamente resultado de la visión. Los ojos y la luz. Sobre todo esos "ojos del alma" que dentro de la frente "se hermanaban con la luz del sol" y levantaban el sueño de los ideales hacia los que tendía otro de los grandes principios del mundo griego, la democracia. Porque la mirada, el entendimiento, requiere y exige libertad: ese dominio infinito de posibilidades por donde navegan los también infinitos deseos de los seres humanos. Fruto de esa libertad fue la ciencia, la filosofía, la tragedia, la lírica, la épica, la política, la historia, la comedia, la ética... todos esos campos que inventaron los griegos y por donde empezaron a sembrar las semillas y en muchos casos los grandes árboles que hoy, casi sin saberlo, nos cobijan y alimentan.

Máscara de Sátiro. Obra Helenística-Romana. Siglo II a.C. I d.C. 28 x 22 x 11,5 cm. Dresde

ES UN ACIERTO, ENTRE OTROS MUCHOS, que la exposición, a la que acompaña un excelente catálogo, se abra con esa imponente estatua de Zeus Eleutherios, el dios que da libertad, el dios liberador que no sólo les habría dado la victoria sobre los persas. Podríamos imaginar que algunas de estas obras estaban colocadas en determinados lugares del ágora de Atenas, del espacio público, donde la palabra de los sofistas, los diálogos sobre sucesos y opiniones era el instrumento imprescindible de humanización y democracia. Un dios de libertad, que nunca necesitó de una clase sacerdotal que tuviera poder real sobre los ciudadanos diciéndoles qué tenían que entender, qué tenían que hacer. Unos dioses, pues, liberadores y liberados ellos mismos de cualquier manipulación engañosa, y sólo cobijados en el, una vez más, asombroso mundo de los mitos, ese hallazgo exclusivo de los hombres. Es verdad que algunas veces la política quiso manipular esa religión desterrando y condenando a los negadores de la existencia de los dioses "de la ciudad" que los tiranos y sus aprendices habían pretendido incorporar, de alguna manera, a ciertas formas de corrupción del poder. Esta religión de la libertad que en principio nadie administró fue, sin duda, uno de los fundamentos esenciales de la cultura griega y el que, en buena parte, la hizo posible.


Zeus de Dresde. Réplica Romana. Escuela de Fidias. s. V a. C. 212 x 104 x 56 cm. Dresde, Skulpturensammlung Staatliche Kunstsammlungen.

EN EL MUNDO DE LOS DIOSES y héroes se manifestaban los deseos y esperanzas humanas. Otro "logro para siempre", que expresó un texto de uno de aquellos siempre vivos maestros: "Amamos el conocimiento, amamos el saber, pero sobre todo amamos la vida". La vida que nos ofrece el gozo "de los sentidos, y entre ellos, sobre todo el de poder ver". Una religión, pues, de la vida, de la vida real de los hombres. "Hermano, permanece fiel a la tierra", ya que es esto lo único que tienes. Por ello fue, además, una religión que, después de Fidias, se atrevió a desnudar a sus dioses y héroes, a alegrar la mirada en esos hermosos cuerpos en los que se vislumbraba no sólo el amor hacia los seres, sino la idea de una incesante superación. Un canon, pues, para el cuerpo, y un canon de libertad, armonía y progreso para la mente.

Si contemplamos el Diadúmenos, se nos hace presente el asombro al que me refería: un cuerpo tal vez soñado, rozado ya por el aire de la perfección, pero un ser humano cuya mirada sin pupila está, paradójicamente, llena de luz. Esa luz que era condición necesaria de la vida, de toda la vida, de todo momento de la vida. "¡Padre Zeus, libra de la espesa niebla a los aqueos, serena el cielo, deja que nuestros ojos vean, y destrúyenos, ya que así te place, pero en la luz!", exclama Ayax en la Ilíada. No me resisto a reproducir otro texto de esa cultura de la luz. "Los compañeros dormían alrededor de Diomedes, con las cabezas apoyadas en los escudos y las lanzas clavadas por el regatón en la tierra; el bronce de las puntas lucía a lo lejos como un relámpago del padre Zeus". Diadúmenos tiende sus ojos luminosos al suelo que le sostiene con una mirada lejana y próxima, entristecida y alegre en su acogedora serenidad. No es extraño que en un momento supremo del ideal griego surgiese la unión de la belleza y la bondad, creando una palabra que unía ambos conceptos: la kalokagathía, algo así como lo "bellibueno": la belleza traslucía desde la bondad. Este concepto desgraciadamente tan desgastado y que, unido a la veracidad, al no engaño, propio o ajeno, podríamos rebajarlo, en nuestros tiempos, a un término más modesto, pero no por ello menos necesario: la decencia.


Diadúmeno. Réplica Romana. Modelo Policleto. s. V a. C. 202 x 110 x 70 cm. Madrid, Museo Nacional del Prado.

Para la enfermedad moral de la doble verdad, de la hipocresía, se ha esfumado la decencia entre una serie de siniestras consignas patológicas que trastornan la mente de los seres humanos. Por ello, es un salto de alegría, en la conquista de la realidad y de la vida, esa -¿cómo adjetivarla sin tópicos?- Venus de Medici: un cuerpo bellísimo, pura y hermosa naturaleza, pero con los brazos y los pies rotos por la historia. El olvido y la desmemoria rompen también manos y pies, pero, a pesar de tales quiebras, ese busto nos descubre en el imposible abrazo de la vida el abrazo inagotable de la inmortalidad. Una inmortalidad tan evidente que hoy su contemplación nos da lenguaje y nos alienta. "No moriré del todo", escribió el poeta que admiró probablemente, hace más de veinte siglos, esas estatuas. "No me devorará la sucesión de los años ni la incesante fuga del tiempo".Tal vez eso que escapaba al mordisco de la temporalidad era esa palabra que ha definido siempre al arte más eterno: lo clásico.

Torso de Afrodita del tipo Venus de MediciObra helenística-romanas. II a. C – I d. C99 x 37 x 27 cmMadrid, Museo Nacional del Prado

NO SOMOS PLENAMENTE conscientes de esas lecciones que aún no hemos asimilado y que tienen su origen en esta tradición que hizo posible el que hoy sigamos luchando por la cultura como fuerza y dinamismo, como energía (enérgeia), como educación de la mirada, como forja de la posibilidad y la igualdad. Es verdad que también descubrieron la tristeza, el dolor, la melancolía: "¿Por qué tantos hombres excepcionales en la filosofía, la política o la poesía son melancólicos?". Esa melancolía, "el gesto supremo del espíritu", no logró empañar la alegría del más acá, la alegría de vivir. Una de las maravillas de esta exposición es, por ejemplo, ese relieve de una ménade pensativa. Las ménades eran, como es sabido, esas mujeres poseídas de pasión que cuidaron de Dioniso niño y formaron después parte de su cortejo. Se las representaba desnudas o cubiertas, como ésta del Museo del Prado, con un velo muy fino que transparenta el cuerpo y que vuela luego a sus espaldas suavemente dominado por una mano. La otra sostiene el tirso típico de las fiestas dionisiacas. La melancolía del rostro que también mira al suelo lo alegra ese movimiento de extraordinaria sensualidad en un cuerpo que parece desfallecer, mientras la rodilla, levemente doblada, anuncia el baile que apenas entrevemos en esa otra maravillosa ménade de Dresde que sin brazos, casi sin rostro borrado por la impiedad del tiempo, hace ver la alegría de vivir.


Ménade de DresdeObra helenística-romanas. II a. C – I d. C45.5 x 14 x 14 cmDresde, Skulpturensammlung Staatliche Kunstsammlungen

Pero también la sabiduría griega nos entregó otro de sus descubrimientos expresado en una no menos asombrosa frase: "El hombre es el más inteligente de los seres vivos, porque tiene manos". Aristóteles, que cita este dicho atribuyéndolo a Anaxágoras, comenta que "esa inteligencia se debe a que es capaz de utilizar un gran número de utensilios, de instrumentos, y la mano es el instrumento de los instrumentos, el órgano de los órganos". Esa poesía (poíesis) sobre el mármol era obra de las manos. El filósofo que imaginó ese poder de las manos dijo también que "todo artista, todo creador, ama su obra porque ama el ser... que consiste precisamente en sentir y pensar". No dejen reposar los ojos en esta exposición. Salimos de ella limpios, purificados por esa catarsis -esa otra palabra de la tragedia y el arte griego- que aseaba, renovaba, la mente, y nos libraba de la pesadumbre del existir diario, de la maldad y la miseria.

ME PERMITIRÉ, AL FINAL, una pequeña coda, anacrónica, me temo. No podía dejar de pensar en ello, cada vez que iba al museo, y casi siento como un paradójico deber el evocarlo. Esta exposición enseña muchas más cosas, pero entre ellas: la sorpresa, el asombro del arte, el amor a la vida, a la verdad, a la educación, a la sensibilidad de la mirada, a la reflexión, a la libertad. He visto muchas veces, en los museos de Berlín, sentados en pequeñas sillas puestas a disposición de los alumnos, grupos de niños, de jóvenes, escuchando a una profesora que les enriquecía, con sus palabras, la mirada y, por supuesto, la inteligencia. Esa educación de la mirada es un antídoto necesario para ese chisporroteo de crueldad y violencia de muchos de los llamados videojuegos, y en los que, desgraciadamente, los jóvenes no son sólo sujetos pasivos en la visión de inacabables monstruosidades, sino que son personajes activos que practican, con las teclas adecuadas, la frialdad, la indiferencia ante un imaginario y siempre posible aniquilar, matar, suprimir. Nada que ver con los viejos tebeos de aventuras, incluso con las películas más o menos violentas. En el pulso de esos teclados se aprenden y domestican, como amarrados perros de Pavlov, los reflejos condicionados que suavizan y vanaglorian la muerte y el horror ajeno.
Después de un largo debate sobre la belleza, uno de los diálogos de Platón concluye: "Me parece que me ha sido beneficiosa la conversación con cada uno de vosotros. Creo que entiendo ahora el sentido del proverbio que dice: Lo bello es difícil".



La exposición 'Entre dioses y hombres' reúne más de 60 esculturas clásicas procedentes del Museo Albertinum de Dresde (Alemania) y del Museo del Prado. Puede visitarse en la pinacoteca de Madrid hasta el 12 de abril.

MILIO LLEDÓ.- EL PAÍS 18.01.2009

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miércoles, 7 de enero de 2009

CURSIS DE AHORA Y DE SIEMPRE

Carlos Castilla del Pino

Suele decir el veterano y respetabilísimo Carlos Castilla del Pino, buen amigo y excelente compañero de la Real Academia Española, que toda cursilería es una forma de impostura, y que detrás de cada cursi se oculta un canalla o un embustero. El otro jueves se lo oí decir de nuevo, y me quedé con la copla, que resulta especialmente adecuada en los tiempos que corren. No sé si el espíritu será exacto o no; aunque, como prestigioso psiquiatra que es, Carlos tiene mi confianza, pues conoce el paño. Por no salir de la RAE ni de su diccionario, de las tres acepciones que tiene esa palabra, quizá mejorables –y en eso andamos–, las más significativas son las dos primeras: «que presume de fino y elegante sin serlo», y, dicho de una cosa, que «con apariencia de elegancia o riqueza, es ridícula y de mal gusto». Pero los tiempos cambian, y la gente con ellos; o tal vez sea la gente la que termina cambiando los tiempos. El caso es que, habiendo como hay todavía cursis de los de toda la vida, ortodoxos y de pata negra, y habida cuenta de que el término `elegante´ no es el que mejor define los modos, maneras y aspiraciones actuales, la palabra `cursi´ –las palabras también están vivas y evolucionan– se interna con nosotros en el siglo XXI, enriqueciéndose con nuevas connotaciones y variantes. Ampliando su territorio semántico, por decirlo también de un modo a juego, o sea, cursi. Su polivalencia. Eso ocurre en todas partes, claro. Y en España, para qué les voy a contar. Lo que más se ajusta hoy a la versión moderna de cursi es, en mi opinión, lo políticamente correcto. Aquello que, con apariencia de puesto al día y buen rollito, resulta ridículo y de mal gusto en boca de un fulano que presume, sin serlo y alardeando de ello, de abierto, de puesto al día, de yupi-yupi chicos, de tener todo el día a Pepito Grillo, a Bambi y al borreguito de Norit sentados en el regazo. Y digo que presume sin serlo, porque no me cabe en la testa que alguien con dos dedos de frente –los tontos ya son otra cosa– pueda ser, en el fondo de su corazón, tan sincera y rematadamente gilipollas. Un ejemplo de esto, tomado al buen tuntún, es una reciente circular de la comisión de coeducacion (sic) del Centro del Profesorado de Málaga, que tras encabezar «Estimados compañeros y queridas compañeras» –a cada cual lo suyo, queridas ellas y estimados ellos–, se dirige, en sólo veinte líneas, a «a vosotros y vosotras» y «a todos y a todas», por si están «interesados o interesadas». Dejo al criterio del lector establecer si los firmantes del asunto –un pavo y dos pavas con nombres y apellidos– se creen de verdad lo del estimados y queridas, si se trata de cursis en el sentido clásico o moderno del palabro, o si son, simplemente, tontos de remate. Y es que en lo cursi posmoderno, o como se diga, el problema reside en que no siempre resulta fácil distinguir. Establecer, por ejemplo, si la bonita anécdota de los juegos de guerra de los ejércitos norteamericano y español puede ser calificada de cursi a secas o entra en el terreno de la imbecilidad absoluta. Las fuerzas armadas gringas tienen un juego llamado American’s Army que desarrolla un programa de combate útil como simulador y entrenamiento de acción bélica rural o urbana. Por su parte, las fuerzas armadas españolas colgaron hace algún tiempo en la red un juego de estrategia cuyo título no adivinarían ustedes por más vueltas que le dieran: Misión de paz –sabía que no lo adivinarían nunca–, a base de reconstrucción y reparto de ayuda humanitaria; que, como todo el mundo sabe, es la razón intrínseca de cualquier soldado. Y no me digan ustedes que esa bella, amable, conmovedora imagen de los soldados y soldadas españoles y españolas desfilando marciales y marcialas con las cartucheras y cartucheros llenas y llenos de Frenadol, tiritas y biberones, camino de Afganistán con la cabra de la Legión disfrazada de Beba la enfermera, no merece un huequecito en la futura edición del diccionario de la lengua española. O dos. Afortunadamente, lo cursi de toda la vida también sigue ahí, dando solera ortodoxa al invento. Aunque surjan, al compás moderno, nuevas formas de entender el asunto, la cursilería clásica se mantiene tradicional como ella sola, inasequible al desaliento. Con vista al frente y paso largo, haciéndonos pasar buenos ratos echando pan a los patos. Vean, si no, lo que escribe un lector bilbaíno, ebrio de santa cólera después de haber leído en esta página pecadora la frase –rotundamente laica– `dar un par de hostias´: «Ante la reiterada y continua vulneración de los más elementales principios de respeto a la fe cristiana de los lectores, pisoteando, mancillando, agraviando y ultrajando a la Sagrada Eucaristía con su léxico blasfemo, irreverente, procaz y grosero, ruego sean subsanados y reparados hechos y situaciones de este cariz y contexto».

Arturo Pérez-Reverte. El Semanal, 11 de enero de 2009

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sábado, 3 de enero de 2009

UNA GUERRA SIN NOMBRE

Irak, 27 de febrero del 2004.


A Sebastián Jiménez Noguera:

Ha vuelto a suceder. No sé si es bueno o es malo, pero no sabría qué hacer si no fuera así. Me llamaron sin avisar, como suelen los de arriba: “Rodrigo, recoge tus cosas; mañana subes al avión a las 7:30” El miedo a enfrentarme solo a la memoria me hizo parecer más valiente de lo que en realidad soy y aceptar. Si me hubiera negado me habría arrepentido, pero no lo hice y, por tanto, estoy ahora escribiéndote iluminado por una linterna que amenaza con descolgarse de la lona de la tienda. Es tarde y aunque estoy agotado, no puedo conciliar el sueño. Qué le voy a hacer, ¿eh? Los disparos siempre me han desvelado. Ojalá estuvieras aquí para ver la amarga sonrisa que acaba de asomar a mis labios; ojalá estuvieras aquí para mirar conmigo la delgada cartera de cuero gastado que me ha hecho escribirte.
Porque todas las guerras son iguales, por eso no sé bien dónde creí perder el don innato de disparar la cámara para robar del paisaje la mejor fotografía; dónde creí dejar escapar la habilidad de reflejar en palabras lo que los ojos no podían ver, cegados por el humo, por el polvo y la ceniza. Cubríamos un conflicto en algún lugar de África, según me aseguraste cuando fui capaz de hablar de aquello, y compartíamos alojamiento con Eduardo Dávila. La vida de los reporteros de guerra es tranquila hasta que hay algún ataque, como sabes, y nosotros recorríamos la ciudad, si aún merecía ese nombre, buscando un lugar donde nos sirvieran una cerveza y pudiéramos sentarnos. Eso sí, nunca nos separábamos de las cámaras, ¿verdad? Las buenas oportunidades no anuncian su llegada y, además, ¡nos pagaban por eso!
Esa tarde mendigábamos un poco de sombra junto a los muros de una escuela a las afueras y por consiguiente en un lugar muy peligroso. Estaba al lado del hospital, pero aquélla otra visión era demasiado desagradable. Sólo en sitios como ése podía uno descansar la conciencia, en sitios donde la inocencia de los más pequeños obligaba a los adultos a cuestionarnos la manera que teníamos de resolver los problemas. Mientras Eduardo y tú engañabais al aburrimiento con una partida de cartas, yo me acerqué a la puerta del aula para admirarme al comprobar que aún quedaba un poco de ilusión. Habían trasladado allí todo el material: una mesa, tres percheros, una pizarra y varias sillas. Algunos niños se sentaban en el suelo, pero todos tenían una libreta o un cuaderno, o unas hojas sueltas donde garabatear sus dibujos con lápices de variables tamaños. Me pregunté qué demonios tendría la maestra, que hacía que sus alumnos parecieran ajenos a la miseria que los rodeaba como una vecina más de la calle. Escuchaban, atentos, pidiéndole que continuara con la historia que ese día les explicaba, y ella lo hacía entregando toda la voluntad que aún le quedaba. Lamento que no vierais sus expresiones y sus gestos exagerados, que no escucharais los repentinos giros en su voz que tan atrapados tenían a los pequeños. Después de un rato volví a vuestra improvisada mesa a tiempo de empezar una partida a la brisca –odiaba ese juego, pero era todo lo que había–, y allí permanecimos unos minutos más, hasta que necesité volver a estirar las piernas.
Caminé hasta ver de nuevo el aula vacía de libros pero llena de paciencia. En ese momento los alumnos estaban totalmente perdidos en el cuento de la maestra, sumergidos en la explicación. Ella sonreía, se extrañaba, se entristecía o se sorprendía según lo exigiera el argumento. Entonces se acercó a la ventana y miró preocupada el cielo: el sonido aterrador de un avión nos sobrecogió a todos. El monstruo metálico pasó de largo pero, calculo que a unos doscientos metros de nosotros, se oyó el impacto atronador de un misil sin destino, a lo que siguió una explosión y después la alarma de emergencia de la ciudad. Los niños tenían dos opciones: dejar que los invadiera el pánico y correr sin saber qué ocurriría o tratar de protegerse bajo la mesa de otro posible ataque, lo cual tendría casi la misma efectividad. Para mi asombro, todos optaron como si lo hubieran ensayado por la segunda opción y apremiaron a la maestra para que finalizara la historia. La profesora se dirigió a su clase en aquella situación que tan irreal se me antojaba, relatando palabra por palabra lo que del cuento estaba por contar. Un nuevo impacto me sobresaltó, esta vez más cercano, y el suelo se estremeció conmigo y el techo del aula escupió algunas bocanadas de cal y la pizarra se descolgó, pero allí dentro nadie se inmutó, desafiando quizá al poder que tiene el miedo a través de la inmensa fuerza de la confianza y el sentimiento de unión. De haberlo dispuesto así el azar, nadie podría haber evitado un catastrófico final, pero la suerte a veces se inclina ante los que osan hacerle frente.
Alcancé a oír la risa nerviosa de alguna niña divertida por el obstaculizado desenlace de la historia, mientras Eduardo me arrastraba hacia el campo que se extendía delante de nosotros. Yo lo seguía maravillado aún por lo que acababa de presenciar; aquello sí era valentía. En la trinchera nos estabas esperando ya, las cámaras listas para atrapar todos los matices posibles. Empuñamos nuestras armas cual caballero su acero y nos apostamos muy juntos viendo sobrevolarnos otro avión de los que vomitan destrucción. Y después la explosión y el zumbido en los oídos que asalta todavía mi memoria como una amenaza latente. Todo a nuestro alrededor desapareció. Incluso Eduardo. Lo siguiente que escuché fuiste tú. Me gritaste que llorase por él al tiempo que me sacudías por los hombros, pero yo ya lo estaba haciendo. Sí, aunque no lo vieras, lloraba cuando corría detrás de ti, esforzándome por vislumbrar a través del polvo y la metralla. Tropecé en varias ocasiones y caí una vez o dos sin que mis piernas dejaran de ganar terreno, el bolso de piel golpeaba mi cadera a cada zancada y me cubría con los brazos cuando de nuevo el fuego avanzaba hacia nosotros, pero lo que más vivamente recuerdo es que estaba furioso por ser el sujeto paciente de un conflicto que enfrentaba a demasiados seres humanos.
Meses después, volví a entrar en mi estudio para revelar unas fotografías. No eran las de mi cámara –los futuros arqueólogos la descubrirán en una trinchera en algún lugar de África–; eran las de la cámara de Eduardo, que ignoro por qué sí llevé conmigo en nuestra precipitada huida. Ésas son las fotos que guardé en una delgada cartera de cuero y que ahora observo con impotencia.
Llegué a Irak hace tres días y la primera fotografía que disparé no fue a la gente de aquí, ni al cielo, ni al paisaje. El objetivo por el contrario apuntó directamente hacia el grupo de reporteros que sonreían a la cámara pasándose los brazos por los hombros, y del que yo también formaba parte gracias a gente como tú, como Eduardo y como todos nuestros compañeros de aquel año.
Porque todas son iguales, por eso ahora lloro los recuerdos de una guerra sin nombre.

Rodrigo Ortiz Rosillo,
reportero en una guerra anónima.

EL TIEMPO, GRAN ESCULTOR.

La erosión debida a los elementos y a la brutalidad de los hombres se unen para crear una apariencia sin igual que recuerda a un bloque de piedra debastado por las olas. Alguna de estas modificaciones son sublimes y añaden una belleza involuntaria, asomada a los avatares de la historia, debida a los efectos de las causas naturales y del tiempo. La Victoria de Samotracia es ahora menos mujer y más viento de mar y cielo...