lunes, 26 de octubre de 2009

ESOS CHICOS


Atenea. Diosa de la Sabiduría

Conozco, desde hace tiempo, a una señora que tiene a los niños criados y al marido ocupado en sus cosas, y la suerte, ella, de no tener que trabajar para ganarse la vida. Es una de esas mujeres afortunadas con posición económica cómoda, dentro de lo que cabe, que dispone de tiempo suficiente para dedicarlo a sí misma. Como todavía está de buen ver –fue muy guapa y todavía lo es–, no necesita dedicar horas a mantenerse en forma, pues tiene una forma estupenda. De maruja calza lo mínimo: no es de mucha tele –excepto los debates políticos, que se los zampa–, sino del tipo lectora. Devora libro tras libro; sobre todo, novelistas rusos y centroeuropeos, en ficción, e historia, ensayo y memorias sobre la primera mitad del XX. De bolcheviques, revoluciones y ocaso de la monarquía austrohúngara, entre otras cosas, sabe más que nadie. Disfruta con todo eso, sin otro objeto que el conocimiento en sí mismo. Saber y pensar. Ni se le ocurre escribir novelas, ni nada. Sólo tiene una profunda curiosidad por la vieja y zurcida Europa. Por comprender, a la luz de la memoria escrita y la cultura, el mundo que fue y el que es. El pasado que explica el presente y los seres que lo pueblan.

Tiene tiempo libre, como digo. Y hace un par de años, en vez de meterse en un gimnasio o estirarse la piel, decidió hacer una segunda carrera universitaria. Volver a las aulas, estudiar de nuevo, asistir a clases que abrieran nuevas puertas a sus ganas de saber, a su mirada curiosa y lúcida. Empezó temiendo ser la abuelita Paz de su clase, pero se integró bien. Intercambia apuntes, hace trabajos en común. El año pasado, estudiando como una leona, aprobó el primer curso de una carrera de humanidades. Está encantada. Feliz. Sobre todo, como ella dice, porque es maravilloso aprender sin otra ambición que el conocimiento. Y también porque, afirma, su respeto por los jóvenes es mayor desde que los trata cada día. Estamos equivocados con ellos, sostiene. La mayor parte de mis compañeros de clase son chicos cultos, de una tenacidad admirable. Con ganas de aprender. Con vocación, inteligencia y coraje. Nunca he vuelto a hablar despectivamente de un joven universitario desde que estoy de nuevo allí. Deberías decirlo en uno de tus artículos, Reverte. Es de justicia.



Porque sólo es otro mundo, afirma mi amiga. El que viene. Chicos orientados hacia una manera diferente de ver la vida, nacidos en un territorio hostil, más desesperanzado que el de sus padres y abuelos. Con un futuro incierto, peligroso. Pero eso no mata su entusiasmo. Es cierto que muchos llevan impresa la mirada del soldado perdido: de quien sabe que el combate tiene pocas posibilidades de victoria. Sin embargo, es admirable verlos levantar la mano en clase para plantear preguntas o iniciar una discusión; la energía valerosa con que defienden lo que creen saber y se adentran en lo que les interesa. Su tenacidad, su sensatez. Una chica con piercings y la tripa al aire, un pasota desastrado, pueden hacer de pronto una observación o formular una pregunta que te hacen mirarlos, asombrada. Fascina observar cómo se afirman intelectualmente, adentrándose en su vocación. En sus sueños. Y no creas que van engañados: saben lo que les espera. Perfectamente. Su generación creció con la certeza del paro irremediable, del triste paisaje que les dejamos como herencia. Y sin embargo, es conmovedor verlos perseverar, tenaces, en lo que les pide el cuerpo. Persiguiendo lo que aman. Estudian hermosas carreras, en apariencia inútiles, porque la utilidad que persiguen es otra. Va más allá del simple ganarse la vida.

Hay pedorros, claro. Muchos. Descerebrados e imbéciles. Simple carne de botellón: borregos listos para el matadero. Pero ésos siempre los hubo –haz memoria, Reverte–. En cuanto a mis actuales compañeros de clase, te sorprendería ver los libros que llevan, mezclados con los de Stieg Larsson y Ken Follet: clásicos griegos y latinos, o literatura de altísima calidad. Los hemos visto crecer pensando que son una generación irresponsable, analfabeta funcional, que poco sabe y menos quiere saber. Sin darnos cuenta de que las necesidades y el modo de aprender han cambiado, pero las ganas siguen. Si piensas en lo que a nuestra generación le enseñaron y lo que aprendió por su cuenta, comprenderás que es lo mismo. Estos chicos hacen idéntico esfuerzo al que hicimos nosotros; más admirable en su caso, pues ahora las interferencias son mayores. Los juzgamos con dureza al verlos todo el día con el ordenador y la tele, sin darnos cuenta de que ése es otro modo de formarse, que nosotros no tuvimos. Una herramienta útil, adecuada al tiempo que viven y a lo que les espera, que ellos manejan como nadie. Que los lleva más allá de donde a nosotros nos llevaban nuestros simples libros. Así que no te equivoques con ellos, amigo. Y deja de gruñir. Durante algún tiempo seguirá habiendo justos en Sodoma.
Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 1 de Noviembre de 2009 .

lunes, 19 de octubre de 2009

LA MILICIA NO ES ANGÉLICA

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Creo que alguien debería explicarle a la ministra de Defensa lo que es un soldado. Me refiero a uno de esos que desfilaron hace un par de semanas con casco y escopeta. Es cierto que la ministra tiene alrededor, en cada foto, un montón de generales y uniformados varios que podrían explicárselo perfectamente. Pero tengo la impresión de que no se expresan bien; tal vez porque a medida que asciendes, te suben el sueldo y te acercas a la jubilación, uno suele volverse menos elocuente. Con lo fácil que sería, por otra parte, abrirle a la titular del ramo el diccionario de la RAE por la palabra soldado, mostrarle que significa persona que sirve en la milicia, llevarla luego a la palabra milicia y hacerle leer algo que no admite equívocos: (Del latín militia. Femenino). 1. Arte de hacer la guerra y de disciplinar a los soldados para ella. 2. Servicio o profesión militar. 3. Tropa o gente de guerra. Es cierto que hay una cuarta acepción: coros de los ángeles, que lleva como ejemplo la milicia angélica. Pero cuidado. Que no se haga ilusiones la ministra. Ahí ya estamos hablando de otra cosa.

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Lo que no dice el diccionario, desde luego, es tropa o gente de paz. En sentido recto, soldado remite a lo que debe: un fulano disponible para matar y que lo maten en guerras defensivas u ofensivas. Alguien que por patriotismo, obligación, dinero o lo que estime oportuno, está entrenado para escabechar a sus semejantes; procurando que palmen más fulanos del otro bando que del suyo. El lado turbio del oficio –matarife, a fin de cuentas– se compensa con otros aspectos respetables: disciplina, disposición a soportar penalidades y miserias, y el sacrificio singular de exponerse al dolor, la mutilación y la muerte. Hay gente a la que no le gusta ese paisaje, y desde un punto de vista tan digno como su opuesto defiende la desaparición de soldados y ejércitos, en favor de un mundo ideal –y me temo que imposible– donde la palabra soldado sea un anacronismo. Otros, más realistas, admiten que la existencia de soldados profesionales, que sirven de modo voluntario y aceptan los riesgos del oficio, es necesaria en un mundo imperfecto y violento como el nuestro.

En todo caso, la palabra humanitario nada tiene que ver. Eso no corresponde a los soldados, sino a las organizaciones y oenegés adecuadas. A ellas corresponde poner tiritas, repartir agua embotellada y socorrer a los parias de la tierra. Por el contrario, la misión básica de los soldados –considerando la convención de Ginebra y la conciencia de cada cual– es hacer todo el daño posible al enemigo. Matarlo mucho y bien, inspirarle temor y vencerlo, disuadiéndolo de intentarlo de nuevo. Los soldados no fueron ideados para otra paz que la impuesta por sus bayonetas, ni para inspirar afecto, sino temor. Incluso en una misión de paz se trata de pacificar a hostias, si hace falta. Llegado el caso, lo que se espera de ellos es eficacia letal; de un modo compatible, dentro de lo que cabe en su sangriento oficio, con la decencia y la piedad, cuando se pueda. Que maten más y mejor que nadie, de manera que los intereses de su patria natural o adoptiva, o de la paz ajena que defienden, sean respetados por otros. Eso significa eficacia y ausencia de complejos. Por eso, llegados a tales extremos, las palabras soldado y misión humanitaria pueden ser no sólo incompatibles, sino confusas y hasta mortales.

Es lo que ocurre en España. Incapaces de conciliar de modo inteligente la necesidad de un ejército con la tendencia pacifista de la sociedad occidental actual, nuestros gobernantes –eso incluye al Pesoe como al Pepé– intentan lo imposible: unas fuerzas armadas desarmadas compuestas por soldados humanitarios, cuyo objetivo no es hacer la guerra sino la paz, y a los que se respeta más cuando se dejan matar que cuando matan. Esa imbecilidad se desmorona cuando lo real se presenta en forma de mina, emboscada o combate, y las familias largan en el telediario, con toda razón, que nadie les habló de guerra, y que su chico no fue a que le volaran los huevos, sino a repartir leche condensada. Es entonces cuando la ministra o ministro de guardia en esta charlotada bélico humanitaria del Bombero Torero, atrapados en su propia incongruencia, se adornan con media verónica ahuecando la voz y poniéndose estupendos mientras hablan de la deuda que España tiene con los difuntos y difuntas. Haciendo, además, que éstos queden como pardillos, al negarles incluso la palabra guerra; que, por políticamente incorrecta que sea, es la única que explica una muerte en combate. Cuando en un ejército profesional, voluntario, las familias protestan y se dicen engañadas si sus chicos mueren, alguien no se ha explicado bien. O no tenemos soldados, o los tenemos. Y si los tenemos, es para que palmen sin rechistar cuando les toque. No para que la ministra de Defensa –y sigo sin saber lo que defiende– venga a decirnos, con voz trémula y solemne, que acaban de matar a un cervatillo en el bosque de Bambi.



Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 25 de Octubre de 2009

jueves, 15 de octubre de 2009

TATUAJE

Verónica Aranda. Tatuaje. Editorial Hiperión. Poesía

Me lo encontré en la Feria del Libro de la primavera del 2006. Nada más leer la primera estrofa reconocí esos recuerdos perdidos en los rincones de mi ciudad o de cualquiera otra que vinieran cantados o contados por aquellos que no pisan tierra firme.

Él vino en un barco de nombre extranjero,
lo encontré en el puerto un anochecer,
cuando el blanco faro sobre los veleros
su beso de plata dejaba caer
(Rafael de León, Tatuaje)

Verónica Aranda (Madrid, 1982) VIII premio de poesía joven en -Antonio Carvajal- 2005. En la primera parte de su libro Tatuaje recoje paisajes de sus múltiples viajes por Europa, en la segunda, titulada La morena de la copla , hace una original recreación de algunas letras de estas canciones populares con las que muchos estamos familiarizados desde niños, y a las que ha dedicado también algún estudio de investigación filológica. "Ha trasladado el lenguaje popular de la copla al lenguaje culto y al propio imaginario", en este libro de versos que es "un claro homenaje a Rafael de León", según ha dicho la propia autora.
I

Llegó desde el Mar Rojo
en un barco febril, a la deriva,
cargado de naranjas, y en su mástil
se alzaban las mezquitas más azules,
en donde convergían los caminos de Persia
y el puerto de llegada, donde ondea
el lienzo claroscuro del susurro,
el súbito tambor de las verbenas
y la nieve de marzo, amaneciendo,
que siempre cierra el ciclo de las sedas
y sus remotas rutas.

II

Aquellas madrugadas en los puertos
de tabernas insomnes
y los acordeones del desierto,
no buscaba a los rubios marineros,
aquellos extranjeros de frondosos tatuajes
que se apoyaban en los mostradores,
y su aliento traía el aguardiente
de las naves errantes y los rostros
de mujeres nocturnas y remotas

No buscaba a esos otros marineros
cuyas promesas se difuminaban
en una despedida inexistente
y siempre se marchaban en las tardes de junio
para no regresar. Quedaba el nombre
como único amuleto de su paso,
junto a aquellas palabras que se dicen
cuando sabemos que el exilio acecha,
que podemos quedarnos o escapar.

Los tatuajes quemaban y esas noches
yo buscaba el camino de regreso hacia Ítaca,
las colinas de Roma, la ciudad de Kavafis
o un barco que zarpara a la isla de Safo

...............................................................................

VII

Fue la misma ciudad y, sin embargo,
la transitamos en distintos tiempos.
Yo llegué con el siglo, lo estrenaba
por el atardecer. En los balcones
de aquel hotel que daba a una azotea
y a estrechos callejones de bazares,
luchaba con la luz, recomponía
unos pocos fragmentos del pasado,
y en aquella ciudad paralizada
por la huelga y el hambre,
comprendí al fin lo lejos que quedaban
-abiertas, ya, las zanjas de los años-,
polvorientas postales, amarillas
manzanas, los almuerzos a las doce,
los pinares de mayo y en los puertos
el miedo a regresar a las aldeas,
donde espera el futuro cobijado
entre los resignados tamarindos.

Recuerdo que vagué por esas calles,
bajo los edificios de madera,
pero ya era muy tarde, tú pasaste
a finales de siglo; aún podía
imaginar tu sombra marinera
por las plazas de templos –había uno
que llevaba tu nombre –te veía
fundido en los mercados y más tarde
por calles de neblinas y basura,
con ese caminar despreocupado
de los que se acostumbran
a hacer frente al destierro. Nos unía
una ciudad a destiempo y unos campos
de otra ciudad en ruinas.

Me siento a ver las aguas
de un luminoso gris, antes que el faro
se encienda e ilumine los veleros.
Ayer anochecía en Kathmandú...

martes, 13 de octubre de 2009

LAS FRONTERAS (DIFUSAS) DE LA FICCIÓN


Llevo a un amigo mejicano a cenar al Madrid viejo, que entre septiembre y octubre, cuando todavía no han entrado los fríos ni las lluvias, me parece uno de los lugares más agradables de Europa. La noche del antiguo barrio de los Austrias está en todo su esplendor, con las terrazas animadas y los bares y tabernas a rebosar. Para más felicidad, la gente dejó las chanclas y los calzoncillos callejeros para otras temporadas, los hombres ya no parecen porqueros sin fronteras, y a las señoras da gloria verlas. Todo vuelve a la normalidad, dentro de lo que cabe. Paseo con mi amigo por el barrio, y al doblar a la izquierda en la Cava Baja lo veo pararse, sorprendido. «No me digas –exclama– que el capitán Alatriste tiene un restaurante aquí.» Le respondo que sí, que ya lo ve. Que allí está la taberna del capitán, justo en el sitio donde vivía con Caridad la Lebrijana. Aclaro después que nada tengo que ver con el asunto; que Félix Colomo, el propietario, me pidió permiso para darle ese nombre, y yo me limito a ir de vez en cuando –la comida es estupenda y el lugar, bellísimo–, pagando rigurosamente la cuenta. Mi amigo no es muy de leer libros, pero el capitán le suena bastante. Hasta el punto de que, descubro sorprendido, cree en la existencia del veterano soldado de los tercios. «Qué bueno –termina diciendo– que te inspires en personajes reales, como hiciste con la Reina del Sur.» Me lo quedo mirando, para comprobar si habla en broma. Pero no. Lo dice en serio aunque es mejicano, como digo, y oyó decir más de una vez que Teresa Mendoza es personaje de ficción. Entonces comprendo que el tiempo y el extraño azar de la literatura, incluso para los no lectores –o especialmente entre ellos–, han hecho su trabajo. Y sonrío feliz, de medio lado, enseñando el colmillo como un lobo satisfecho.
Déjenme que les diga una cosa. En confianza. Ni reales academias, ni premios millonetis –aunque nunca me presenté a ninguno–, ni listas de más vendidos, ni críticas favorables en suplementos literarios. Lo que más calienta el corazón de quien, como yo, cuenta historias dándole a la tecla, es que alguien que nunca leyó un libro suyo hable con familiaridad de un personaje o un suceso narrados, imaginarios, y lo haga convencido de su existencia real. Como si los conociera de toda la vida. Demostrando así que el novelista, con mayor o menor fortuna, logró salvar la barrera entre lo verosímil y lo inverosímil, y lo inventado forma ahora parte de un mundo exterior a la literatura misma. Un ámbito que ya no le pertenece y sobre el que no tiene control alguno. Ésa, en mi opinión, es una de las grandes satisfacciones morales que puede obtener un autor de su trabajo. Comprobar que consiguió mezclar realidad y ficción, y hacerlo creíble. Llevarse al lector al huerto, y también al no lector. Borrar la frontera.
En mi vida como novelista tuve alguna vez ese delicioso privilegio, y les aseguro que no hay nada más satisfactorio. Ni divertido. Es cierto que el amigo Alatriste me da muchas alegrías, pero no sólo él. En casa tengo una espléndida carta de una señora, hispanista seria y respetabilísima directora de un centro de investigación histórica de París, que con mucho protocolo pide detalles sobre la localización exacta, en la Biblioteca Nacional de Madrid, del manuscrito 'Papeles del alférez Iñigo Balboa', en el que –eso, al menos, dice la nota a pie de página de una de las novelas– me basé para contar la historia del soldado de Flandes. Otro de mis gozos literarios es la desesperación de los benditos e ingenuos lectores guiris –un ruso se quejó por carta hace menos de un mes– que patean Sevilla, mapa en mano y con cuarenta grados a la sombra, buscando inútilmente la iglesia de Nuestra Señora de las Lágrimas. Por no hablar de cómo me revolqué de risa malvada cuando en el bicentenario de Trafalgar, al descubrirse un monumento conmemorativo junto al cabo del mismo nombre, un historiador descubrió, estupefacto, que en la relación de barcos españoles participantes en el combate figuraba, también, el nombre de mi imaginario navío de 74 cañones 'Antilla'.
Pero de esas y otras ocurrencias, el mayor premio literario lo obtuve en la calle Juárez de Culiacán, Sinaloa; allí donde las cambiadoras clandestinas, todas guapas y maquilladas, blanquean en público los dólares que los automovilistas bajan de la sierra oliendo a cola de borrego y polvo blanco, convirtiéndolos en moneda nacional. Me encontraba frente al mercadito Buelna, grabando una entrevista para un programa de televisión con mis queridos amigos los periodistas mejicanos Javier Solórzano y Carmen Aristegui, cuando se acercó una cambiadora de cierta edad, muy prieta y arreglada, a preguntar qué hacíamos. «Es sobre la Reina del Sur», explicó Javier. A lo que la señora respondió, con absoluta naturalidad. «¿Teresita Mendoza?... Yo la conocí muy bien. En esta misma esquina se ponía.»


Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 18 de Octubre de 2009

sábado, 10 de octubre de 2009

LAS TIENDAS DESAPARECIDAS

Cada vez que doy un paseo veo más tiendas cerradas. Algunas, las de toda la vida, habían sobrevivido a guerras y conmociones diversas. Eran parte del paisaje. De pronto, el escaparate vacío, el rótulo desapercido de la fachada, me dejan aturdido, como ocurre con las muerte súbitas o las desgracias inesperadas. Es una sensación de pérdida irreparable, aunque sólo haya echado vistazos al escaparate, sin entrar nunca. Otras de esas tiendas son negocios recientes: comercios abiertos hace un par de años, e incluso pocos meses; primero, los trabajos que precedían a la apertura, y después la inauguración, todo flamante, dueños y dependientes a la expectativa, esperanzados. Ahora paso por delante y advierto que los cristales están cubiertos y la puerta cerrada. Y me estremezco contagiado de la desilusión, la derrota que trasmite ese triste cristal pegado al cristal con las palabras se alquila o se traspasa.
En lo que va de año, la relación es como de una lista de bajas depués de un combate sangriento. Entre las que conozco hay una parafarmacia, dos tiendas de complementos, una de música clásica, una estupenda tienda de vinos, una ferretería, una tienda de historietas, tres de regalos, dos de muebles, cuatro anticuarios, una librería, dos buenas panaderías, una galería de arte, una sombrerería, una mercería e innumerables tiendas de ropa. También -ésa fue un golpe duro, por lo simbólico- una juguetería grande y bien surtida. Me gustaba entrar en ella, recobrando la vieja sensación que, quienes fuimos niños cuando no había televisión, ni videoconsola, ni nos habíamos vuelto todos -críos incluidos- completamente cibergilipollas, conservamos del tiempo en que una juguetería con sus muñecas, trenes, soldados, escopetas, cocinitas, caballos de cartón, disfraces de torero y juegos reunidos Geyper, era el lugar más fascinante del mundo.
Ahora hablamos de crisis cada día. Hasta los putos políticos y las putas políticas -que no es lo mismo que políticas putas, ahórrenme las putas cartas- lo hacen con la misma impavidez con que antes afirmaban lo contrario. En todo caso, una cosa es manejar estadísticas; y otra, pisar la calle y haber conocido esas tiendas una por una, recordando los rostros de propietarios y dependientes, su desasosiego en los últimos tiempos, la esperanza, menor cada día, de que alguien se parase ante el escaparate, se animara y entrase a comprar, sabiendo que de ese acto dependían el bienestar, el futuro, la familia. Haber presenciado tanta angustia diaria, la ausencia de clientes, el miedo a que tal o cual crédito no llegara, o a no tener con qué pagarlo. El saberse condenados y sin esperanza mientras, en las tiendas desiertas que con tanta ilusión abrieron, languidecían su trabajo y sus ahorros. Morían tantos sueños.
Eso es lo peor, a mi juicio. Lo imperdonable. Todas esas ilusiones deshechas, trituradas por políticos golfos y sindicalistas sobornados que todavía hablan de clase empresarial como si todos los empresarios españoles tuvieran yate en Cerdeña y cuenta en las islas Caimán. Ignorando las ilusiones deshechas de tanta gente con ideas y fuerza, que arriesgó, peleó para salir adelante, y se vio arrastrada sin remedio por la tragedia económica de los últimos tiempos y también por la irresponsabilidad criminal de quienes tuvieron la obligación de prevenirlo y no quisieron, y ahora tienen el deber de solucionarlo, pero ni pueden ni saben. De esa gentuza encantada consigo misma que no sólo carece de eficacia y voluntad, sino que sigue impasible como don Tancredo, procurando ni parpadear ante los cuernos del toro que corretea llevándose a todo cristo por delante. Un Gobierno cínico, demagogo, embustero hasta el disparate. Una oposición cutre, patética, tan corrupta y culpable de enjuagues ladrilleros que trajeron estos fangos, que resulta difícil imaginar que unas simples urnas cambien las cosas. Sentenciándonos, entre unos y otros, a ser un país sin tejido industrial ni empresarial, sin clase media, condenado al dinero negro, al subsidio laboral con trabajo paralelo encubierto y a la economía clandestina. Con mucho Berlusconi en el horizonte. Un rebaño analfabeto, sumiso, de albañiles, putas y camareros, donde los únicos que de verdad van a estar a gusto, sinvergüenzas aparte, serán los jubilados guiris, los mafiosos nacionales e importados, y los hooligans de viaje y tres noches de hotel, borrachera y vómito incluidos, por veinticinco euros. Para entonces, los responsables del desastre se habrán retirado confortablemente al cobijo de sus partidos, de sus varios sueldos oficiales, de sus pingües jubilaciones por los servicios prestados a sí mismos. A dar conferencias a Nueva York sobre cómo nos reventaron a todos, dejando el paisaje lleno de tiendas cerradas y de vidas con el rótulo se traspasa. Así que malditos sean su sangre y todos sus muertos. En otros tiempos, al menos tenías la esperanza de verlos colgados de una farola.


Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 11 de octubre de 2009

sábado, 19 de septiembre de 2009

A PROPÓSITO DE LENI RIEFENSTAHL

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A propósito de la detención de Leni Riefestahl en Asturia por parte de una brigada de la que era miembro el guionista Budd Schulberg y de que una cosa no quita la otra, Leni fue una alemana que media parte de su vida se la pasó justificando su epifanía con el nacionalsocialismo tras acudir a unos de los mítines de Hitler, y tal como ella relata:

«
Fue como si me cayera un rayo… Tuve una visión casi apocalíptica que nunca pude olvidar. Me pareció que la superficie de la tierra se extendía frente a mí –recordó décadas después–, como un hemisferio que de pronto se parte por el medio, lanzando un enorme chorro de agua, tan poderoso que tocó el cielo y sacudió la tierra.
Me sentí paralizada

Leni de bebé

Esta berlinesa nació con el siglo XX (1902) en el extrarradio de su ciudad. Su vida fue tan interesante como la época. Tras abandonar su carrera artística como bailarina debido a una lesión de rodilla, decidió hacerse actriz al ver la película de Eisenstein El acorazado Potemkin, dedicándole toda su vida al cine, con películas como “La Montaña Sagrada” (1926), “El Gran Salto” (1927), “El infierno blanco de Piz Palu” (1929), “Tormenta sobre Mont Blanc” (1930), “White Noise” (1931), “Das Blaue Licht” (1932) y “SOS Iceberg” (1933).
En 1924 se puso en contacto con el Dr. Arnold Fank, tras ver una película suya sobre los Alpes dolomitas. Con Fank, además de protagonizar varias películas, entre ellas El Monte Sagrado, colaboró durante muchos años y aprendió a manejar la cámara.

Poco a poco, arriesgando su persona en escenas difíciles y su dinero en la producción de films, labró una reputación con la que estuvo a punto de llegar a Hollywood.

Pero no quiso limitarse a la subordinación de ser actriz: en 1932 dirigió su primera película, La luz azul, filme situado en los Alpes, que tras ser premiada en la Mostra Venecia, la lanzó a la fama internacional. Ella interpretaba el papel principal. Hitler, poco antes de llegar al poder, el 30 de enero de 1933, quiso conocerla y le fue presentada.
Mientras otros cineastas se expatriaban, como Fritz Lang y Robert Wiene, Leni, gracias al doctor Goebbels, se convirtió en «la cineasta número uno del nuevo régimen». Hitler causó gran impacto en la actriz y directora, que aceptó la dirección de dos documentales sobre el congreso del partido, La victoria de la fe (1933) y El triunfo de la voluntad (1936). Esta obtuvo el Premio Nacional de Cinematografía, la medalla de oro en la Bienal de Venecia, y medalla de oro también en la Exposición Universal de Paris en 1937.
Para acallar las críticas de algunos generales de Hitler por la gran confianza que el Führer tenía hacia ella, filmó un corto sobre la Wermacht. En ese tiempo viajó por España para rodar los exteriores de Tierra Baja, que acabaría aparcada por falta de financiación.
Con Olimpíada, una epopeya sobre los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, obtuvo no solamente el gran reconocimiento del gobierno y pueblo nazi, sino que además fue premiada con gran éxito de público y crítica con un León de Oro en el Festival de Venecia. Olimpíada se estrenó el día del cumpleaños de Hitler en sesión privada, en dos partes Fiesta de los pueblos y Fiesta de la belleza.

Leni Riefenstahl tuvo a su disposición todo tipo de recursos, tanto económicos como técnicos, en momentos en que la restricción económica afectaba al resto de los cineastas.
Mientas tanto, siguió con el rodaje de Tierra Baja, para la cual, construyó en Alemania una aldea de estilo español. La contratación como extras de un grupo de gitanos le llevó posteriormente a ser acusada de haberlos sacado de un campo de concentración y de haberlos utilizado como esclavos.

Tierras bajas. 1954

Debido a los constantes bombardeos sobre Berlín se trasladó a Kitzbühel (Austria), donde depositó todo el material de sus películas, incluida Tierra Baja de la que tan sólo faltaba el trabajo de sincronización y montaje.
Tras el final de guerra, fue detenida e interrogada por el ejército norteamericano. Le fue confiscada la casa y todas sus posesiones, ente ellas las copias de sus películas. Leni se defendió siempre de sus acusaciones de nazismo diciendo que había pecado de ingenua pero no de mala voluntad. Como tantos miles de alemanes de aquella época, negó conocer el exterminio que estaba sucediendo en su país. No obstante, nunca lo lamentó.
Tras ser liberada por los norteamericanos, una guarnición francesa en El Tirol, la volvió a detener. Más tarde se le confiscaron todos los bienes, incluyendo el material fotográfico. Vivió varios meses en la miseria y su matrimonio fracasó. Se le recluyó durante tres meses en un manicomio, en el que se le aplicó electroshock para «desnazificarla»
En varios juicios sucesivos, a instancias norteamericanas y francesas, salió con veredicto favorable, que reconocía su no-implicación ni en el partido ni en ninguna otra de sus ramificaciones y que su relación con Hitler y su partido era estrictamente profesional. Tras un última apelación la calificaron solamente como simpatizante (no perteneciente) del partido nazi.


Tras varios años de pleitos consiguió recuperar parte de sus pertenencias, sobre todo sus rollo de película. Veinte años después de haber sido empezada, terminó el montaje y estrenó Tierra Baja.
Viajó por África, donde quedó prendada por unas fotografías de los atléticos cuerpos de «Los Nuba». Se obsesionó con la idea de filmarlos, y a pesar de los peligros y los consejos en contra (tenía ya 60 años), partió para el sur de Sudán en las más adversas circunstancias.
Las fotografías y filmaciones de «Los Nuba» dieron la vuelta al mundo. Para lograrlas se integró en las costumbres de la tribu y aprendió su lengua. Con su colaborador y cámara, Horst Kettner, en 1968, se adentró en territorios desconocidos y filmó a varias tribus que nunca habían tenido contacto con el mundo de occidente.

Su culto al cuerpo en forma de imágenes fotográficas y filmadas, sirvió a sus críticos para indicar sus evocaciones de la ideología nazi. En la última etapa de su vida profesional, prefirió eliminar de sus imágenes al ser humano. Desde mediados de los años setenta comenzó a fotografiar arrecifes de coral, un tema que incluso le permitió filmar una última película, ya absolutamente vaciada de contenido, Impresiones bajo el agua, que realizó con 97 años y presentó en el 2000, ya con 100 años. Aprendió submarinismo a los 72 años y con más de 90 siguió lanzándose en paracaídas.

Tras escribir dos polémicas autobiografía, murió en el 2003 a los 101 años, cogida de la mano de su pareja y colaborador desde 1968, el cámara Horst Kettner.

lunes, 14 de septiembre de 2009

EL LIBRO QUE NO TENÍA POLVO

Justa literaria. Jonathan Wolstenhome

Ha palmado Schulberg, o sea, el amigo Budd. El príncipe de Hollywood chivato y eficaz cuyas novelas he leído varias veces. Me encontraba a varias millas de la costa más próxima, venturosamente lejos de los periódicos, la radio y la tele, y por eso tardé en enterarme. Ahora, al corriente del asunto, bajo a la parte más subterránea de mi biblioteca, busco en la parte de novela guiri y en la de cine, y emerjo con tres libros en las manos. A dos tengo que soplarles el polvo, y a otro no. Uno de los que soplo empieza: «La primera vez que lo vi no debía de tener más de dieciséis años; era un muchacho listo y despierto como una ardilla. Se llamaba Sammy Glick. Su misión era llevar las cuartillas desde la redacción a la imprenta. Siempre corría. Siempre tenía sed». Un buen comienzo, la verdad. De los que uno envidia. Ese libro me lo regaló mi amigo el productor de cine José Vicuña, en la edición de Planeta del año 61. ¿Por qué corre Sammy?, se llama. No es una obra maestra, pero sí una novela extraordinaria. Ascenso y caída de un trepa ambicioso y genial. Tan buena que duele. El otro con polvo encima –un polvo simbólico, no exageremos o se enfadará Conchi(1), la señora que limpia la casa– es un libro de memorias. De cine, es el título. Memorias de un príncipe de Hollywood. Decepcionante, éste. Buen retrato de los primeros años del cine, contados por el hijo de uno de los grandes productores de la Paramount, pero incapaz de ir más allá. Recuerdo que, cuando lo leí, pensé que, si lo hubiera firmado otro, no volvería a pensar en él. Me fastidió, sobre todo, que el autor pasara de largo, sin detenerse, por la gran mancha puerca y negra de su vida: cuando en 1951, asustado por la caza de brujas en Hollywood, delató a sus compañeros comunistas ante el siniestro Comité de Actividades Antiamericanas.

Pero, bueno. Cada uno es como es, y una cosa no quita la otra. O no debe. También Louis Ferdinand Celine o el barón Corvo –ese Adriano VII de editorial Siruela nunca reeditado, maldita sea–, por citar un par de ejemplos a voleo, entre millones, eran dos pájaros de cuenta. Sería como no reconocer que Madrid de corte a checa, de Agustín de Foxá, es una novela muy bien escrita, argumentando que su autor era más de derechas que una boda de Celia Gámez. O insinuar que los turbios medros políticos del joven Cela empañan la perfección cainita y carpetovetónica de La familia de Pascual Duarte. Chorradas. Cuando uno lee, lo que quiere es talento. Un talento, por volver a nuestro asunto, que Budd Schulberg desvió también, para desgracia de lectores y alegría de cinéfilos –váyase una cosa por la otra–, hacia guiones de películas como Más dura será la caída o el Óscar al mejor guión de 1954 La ley del silencio.



Pero quería hablarles del libro que no tiene polvo. Se titula El desencantado, lo he leído dos veces y media –hay una tarjeta de embarque de avión Florencia-Madrid en el punto donde abandoné la última lectura–, y dudo que ninguna otra novela, excepto la inconclusa El último magnate, de Scott Fitzgerald, cuente, la mitad de bien que lo cuenta ésta, el decadente final de una época extraordinaria en la historia de los Estados Unidos, del cine y de la literatura: los míticos años veinte y su glamour. A Budd Schulberg, en la vida real, le cupo el singular privilegio de trabajar en un guión infame, titulado Amor y hielo, en compañía precisamente de Scott Fitzgerald, cuando el escritor daba las últimas boqueadas arruinado por el alcohol y la disparatada convivencia con Zelda, su conflictiva mujer. E igual que el mismo Fitzgerald se inspiró en su propia historia para escribir la obra maestra Suave es la noche –novela que tampoco tiene polvo en mi biblioteca–, Schulberg recurrió a su experiencia junto a él para escribir la historia de Shep, el joven guionista encargado de trabajar con quien hasta entonces fue su ídolo, Manley Halliday: un escritor icono de su generación que ahora, intentando recuperarse de una vida desastrada y un alcoholismo crónico, es la sombra patética de lo que fue. Y con ese desencanto, la caída del mito y la certeza paralela del extraordinario talento que con él se extingue sin remedio, Budd Schulberg, mediante el personaje interpuesto del joven narrador que cuida del escritor en otro tiempo grande y ahora borracho y acabado, construye un retrato asombroso de la época en que, como apuntó Anthony Burgess Poderes terrenales, otra novelaza–, tanto el cine como la literatura produjeron algunas de las obras de arte más asombrosas de todos los tiempos. El desencantado está en la estela de esas grandes obras; y si es verdad que no las iguala, tampoco desmerece de ellas, pues sobre su huella nace y mucho nos acerca. Gracias a tan soberbia novela, hoy puedo lamentar que haya muerto un magnífico escritor, en lugar de alegrarme porque desaparezca un miserable chivato.

Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 20 de Septiembre de 2009

Notas: (1) "Sin mácula"

martes, 8 de septiembre de 2009

A LO TONTO, A LO TONTO...

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A lo tonto, a lo tonto, la aculturación está ocupando el lugar de la endoculturación. Sabemos que la interculturalidad se ha dado a lo largo de la Historia. Actualmente quien domina los medios de comunicación transmite rasgos y comportamientos asimilables por la sociedad receptora. Uno de los objetivos de la antropología es observar que formas intangibles y materiales van desapareciendo y cuales las van suplantando en las manifestaciones estéticas, éticas, cívicas, etcétera.
Es necesario por tanto establecer unas premisas objetivas (teniendo en cuenta que no están exentas de ideología) a la hora de priorizar que bienes culturales urge proteger precisamente porque pueden estar en el umbral de la desaparición y sus posibles consecuencias. Pues como dijo Virgilio “si parva licet componere magnis” se debería tener encuenta la comparación de las pequeñas cosas con las grandes. Nuestra pequeña cotidianidad está invadida por elementos transmisores que van ocupando si nosotros lo permitimos o no, una colonización cultural dispuesta a desarmarnos de unos artefactos culturales fraguados en la sabiduría de la experiencia y el sentido común de miles de generaciones. Desde mi punto de vista es altamente peligrosa la pérdida, la desestructuración y el expolio que está llevando acabo la “aldea global” de McLuhan a nuestra cultura.


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lunes, 31 de agosto de 2009

LA CAMISA BLANCA

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He recibido carta de una lectora que comenta un artículo aparecido en esta página sobre cadáveres de la guerra civil enterrados o por desenterrar, lamentando que no mostrara yo excesivo entusiasmo por el asunto del pico y la pala. El contenido de la carta es inobjetable, como toda opinión personal que no busca discutir, sino expresar un punto de vista. Comprendo perfectamente, y siempre lo comprendí, que una familia con ese dolor en la memoria desee rescatar los restos de su gente querida y honrarlos como se merecen. Lo que ya no me gusta, y así lo expresaba en el artículo, es la desvergüenza de quienes utilizan el dolor ajeno para montarse chiringuitos propios, o para contar, a estas alturas de la vida, milongas que, aparte de ser una manipulación y un cuento chino, ofenden la memoria y la inteligencia. Envenenando, además, a la gente de buena fe. Prueba de ello es una línea de la carta que comento: «Parece que para usted todos los muertos de esa guerra sean iguales».


Así que hoy, al hilo del asunto, voy a contar una historia real. Cortita. Lo bueno de haber nacido doce años después de la Guerra Civil es que las cosas las oí todavía frescas, de primera mano. Y además, en boca de gente lúcida, ecuánime. Después, por oficio, me tocó ver otras guerras que ya no me contó nadie. Con el ser humano en todo su esplendor, y la consecuente abundancia de fosas comunes, de fosas individuales y de toda clase de fosas. Esto, aunque no lo doctore a uno en la materia, da cierta idea del asunto. Permite llegar a mi edad con las vacunas históricas suficientes para que ni charlatanes analfabetos, ni oportunistas, ni cantamañanas, vengan a contarme guerras civiles o guerras de las galaxias como burdas historietas de buenos y malos. A estas alturas.



La señora que me refirió la historia tiene hoy 84 años. Cumplía doce el día que acompañó a su madre al ayuntamiento de la ciudad en donde vivía: una ciudad en guerra, con bombardeos nocturnos, miedo, hambre y colas de racionamiento. Como casi toda España, por esas fechas. Era el año 37, y el edificio estaba lleno de hombres con fusiles y correajes que entraban y salían, o estaban parados en grupos, liando tabaco y fumando. A la niña todo aquello le pareció extraño y confuso. La madre tenía que hacer un trámite burocrático y la dejó sola, sentada en un banco del primer piso, en el rellano de la escalera. Estando allí, la niña vio subir a cuatro hombres. Tres llevaban brazaletes de tela con siglas, cartucheras y largos mosquetones, uno de ellos con la bayoneta puesta. A la niña la impresionó el brillo del acero junto a la barandilla, la hoja larga y afilada en la boca del fusil, que se movía escalera arriba. Después miró al cuarto hombre, y se impresionó todavía más.


Era joven, recuerda. Como de veinte años, alto y moreno. De ojos oscuros, grandes. Muy guapo, asegura. Guapísimo. Vestía camisa blanca, pantalón holgado y alpargatas, y llevaba las manos atadas a la espalda. Cuando subió unos peldaños más, seguido por los hombres de los fusiles, la niña advirtió que tenía una herida a un lado de la frente, en la sien: la huella de un golpe que le manchaba esa parte de la cara, hasta el pómulo y la barbilla, con una costra de sangre rojiza y seca, casi parda. Había más gotitas de ésas, comprobó mientras el chico se acercaba, también en el hombro y la manga de la camisa. Una camisa muy limpia, pese a la sangre. Como recién planchada por una madre.

Estudio para -La Planchadora-. Pablo Picasso

La sangre asustó a la niña. La sangre y aquellos tres hombres con fusiles que llevaban al joven maniatado, escaleras arriba. Éste debió de ver el susto en la cara de la pequeña, pues al llegar a su altura, sin detenerse, sonrió para tranquilizarla. La niña –la señora que setenta y dos años después recuerda aquella escena como si hubiera ocurrido ayer– asegura que ésa fue la primera vez, en su vida, que fue consciente de la sonrisa seria, masculina, de un hombre con hechuras de hombre. Sólo duró un instante. El joven siguió adelante, rodeado por sus guardianes, y lo último que vio de él fueron las manchas de sangre en la camisa blanca y las manos atadas a la espalda. Y al día siguiente, mientras su madre charlaba con una vecina, la oyó decir: «Ayer mataron al hijo de la florista». Al cabo de unos días, la niña pasó por delante de la tienda de flores y se asomó un momento a mirar. Dentro había una mujer mayor vestida de negro, arreglando unas guirnaldas. Y la niña pensó que esas manos habían planchado la camisa blanca que ella había visto pasar desde su banco en el rellano de la escalera.

La madre de Pablo Picasso. 1923

La niña, la señora de 84 años que nunca olvidó aquella historia, no sabe, o no quiere saber, si al joven de la sonrisa lo desenterraron en el año 40 o lo han desenterrado ahora. Le da igual, porque no encuentra la diferencia. Como dice, inclinando su hermosa cabeza –tiene un bonito cabello gris y los ojos dulces–, todos eran el mismo joven. El que sonrió en la escalera. A todos les habían planchado en casa una camisa blanca.

Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 6 de Septiembre de 2009


martes, 18 de agosto de 2009

EL PATRIMONIO INTANGIBLE

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El patrimonio intangible está constituido por aquella parte invisible que reside en espíritu mismo de las culturas. El patrimonio cultural no se limita a las creaciones materiales. Existen sociedades que han concentrado su saber y sus técnicas, así como la memoria de sus antepasados, en la tradición oral. La noción de patrimonio intangible o inmaterial prácticamente coincide con la de cultura, entendida en sentido amplio como "el conjunto de rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan una sociedad o un grupo social" y que, "más allá de las artes y de las letras", engloba los "modos de vida, los derechos fundamentales del ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias" A esta definición hay que añadir lo que explica su naturaleza dinámica, la capacidad de transformación que la anima, y los intercambios interculturales en que participa.
El patrimonio intangible está constituido, entre otros elementos, por la poesía, los ritos, los modos de vida, la medicina tradicional, la religiosidad popular y las tecnologías tradicionales de nuestra tierra. Integran la cultura popular las diferentes lenguas, los modismos regionales y locales, la música y los instrumentos musicales tradicionales, las danzas religiosas y los bailes festivos, los trajes que identifican a cada región de España, la cocina española, el cuento,los mitos y las leyendas, las adivinanzas y canciones de cuna; los cantos de amor y villancicos; los dichos, juegos infantiles y creencias mágicas.


Cultura popular mejicana en los Corridos de -Los Tigres del Norte-


Los Tigres del Norte. El niño y la boda

Cuadro resumen de tipos de patrimonio



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lunes, 10 de agosto de 2009

LA HABITACIÓN DEL HIJO

Habitación de escritor. Óleo/Contrachapado. Luis Rejano

Lo conoce mejor que a ella misma. O creía conocerlo, porque el joven silencioso y reservado que ahora vive en la casa le parece, en ocasiones, un extraño. El niño dejó de serlo hace tiempo. A veces, cuando está fuera, la madre se queda un rato en su habitación, callada, mirando los objetos, los libros –ella compró los primeros y los puso allí, soñando con el lector que alguna vez sería–, las fotos de amigos, de chicas. Las medallas que ganó en el colegio, tenaz, esforzado. Valiente como ella procuró enseñarle a ser. Con el ejemplo del padre: un buen hombre que nunca dice tres frases seguidas, pero que jamás faltó a su deber, ni hizo nada que no fuera honrado. Que educó al hijo con más ejemplos que palabras.

Inmóvil en la habitación, aspira su olor. Desde hace mucho es seco, masculino. Distinto del que tanto añora: aroma de cuerpecito menudo en pijama, olorcillo a carne tibia, casi a fiebre. A bebé y niño pequeño, que con el tiempo se desvanece y no regresa nunca. El crío que aparecía en la cama a medianoche con las mejillas húmedas, después de una pesadilla, para refugiarse a su lado, entre las sábanas. Quizá algún día recupere ese olor con un nieto, o una nieta. Con otro cuerpecito al que estrechar entre los brazos. Ojalá no esté demasiado mayor para entonces, piensa. Que aún tenga fuerza y salud para ocuparse de él, o de ella. Para disfrutarlos.

Libros. Hay muchos en la habitación, y jalonan veinticinco años de una vida. Infantiles, aventuras, viajes, textos escolares, materias universitarias, novela, ensayo, arte, historia. Desde niño, leyéndole cuentos e historietas, orientándolo con cautela, ella fue transmitiéndole el amor por la palabra escrita. La puerta maravillosa a mundos y vidas que acaban por multiplicar la propia: aspiraciones, sueños, anhelos cuajados en largas horas de lectura y templados en la imaginación. La intensidad de una mirada joven que explora el mundo en el descubrimiento de sí misma. Estos libros llevaron al muchacho a reconocerse entre los demás, a moverse con seguridad por el territorio exterior, a descubrir y planear un futuro. A estudiar una carrera bella y poco práctica, relacionada con la lengua, el pasado, el arte y la historia. A licenciarse en sueños maravillosos. En cultura y memoria.

Ahora ella, inquieta, se pregunta si hizo bien. Si la lucidez que estos libros dieron a su hijo no sirve más bien para atormentarlo. Lo sospecha al verlo salir de casa para entrevistas de trabajo de las que siempre vuelve hosco, derrotado. Cuando lo ve teclear en el ordenador buscando un resquicio imposible por donde introducirse y empezar una vida propia: la que soñó. Cuando lo ve callado, ausente, abrumado por el rechazo, la impotencia, la falta de esperanza que pronto sustituye, en su generación, a las ilusiones iniciales. Recuerda a los amigos que empezaron juntos la carrera animándose entre sí, dispuestos a comerse el mundo, a vivir lo que libros y juventud anunciaban gozosos. Cómo fueron desertando uno tras otro, desmotivados, hartos de profesores incompetentes o egoístas, de un sistema académico absurdo, injusto, estancado en sí mismo. De una universidad ajena a la realidad práctica, convertida en taifas de vanidades, incompetencia y desvergüenza. Pese a todo, su hijo aguantó hasta el final. Fue de los pocos: acabó los estudios. Licenciado en tal o cual. Un título. Una expectativa fugaz. Luego vino el choque con la realidad. La ausencia absoluta de oportunidades. El peregrinaje agotador en busca de trabajo. Los cientos de currículum enviados, el esfuerzo continuo e inútil. Y al fin, la resignación inevitable. El silencio. Tantas horas, días, años, de esfuerzo sin sentido. La urgencia de aferrarse a cualquier cosa. Hace una semana, cuando llenaba el formulario para solicitar un trabajo de dependiente en una tienda de ropa de marca, el consejo desolador de un amigo: «No pongas que tienes título universitario. Nadie emplea a gente que pueda causarle problemas».

Tocando los libros en sus estantes, la madre se pregunta si fue ella quien se equivocó. Si no tendría razón su marido al sostener que no está el mundo para chicos con sueños en la cabeza y libros bajo el brazo. Si al pretenderlo culto y lúcido no lo hizo diferente, vulnerable. Expuesto a la infelicidad, la barbarie, el frío intenso que hace afuera. Es entonces cuando, abriendo un libro al azar, encuentra unas líneas subrayadas –a lápiz y no con bolígrafo ni marcador, ella siempre insistió en eso desde que él era pequeño–: «En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir»(1).


Se queda un instante con el libro abierto, pensativa. Releyendo esas líneas. Después lo cierra despacio, devolviéndolo a su lugar. Y sonríe mientras lo hace. Una sonrisa pensativa. Dulce. Tal vez no se equivocó por completo, concluye. O no tanto como cree. Puede que él forjara sus propias armas para sobrevivir, después de todo. Quizá mereció la pena.

Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 16 de Agosto de 2009


NOTAS. (1) Justin Scott -El cazador de barcos-

lunes, 3 de agosto de 2009

ESPAÑA CAÑÍ



España cañí. Pasodoble. Pascual Marquina Narro (1873-1948)

Vamos a llamarlo, si les parece bien, hospital del Venerable Prepucio de San Agapito. O, si lo prefieren, de los Siete Dolores de Santa Genoveva. Para más datos, añadiremos que está situado en una ciudad del sur de España. Y el arriba firmante –yo mismo, vamos– camina por el pasillo de una de sus plantas después de haber conseguido, tras arduas gestiones, intensas sonrisas y mucho hágame el favor, permiso para visitar a un amigo internado de urgencia, al que sus innumerables pecados y vida golfa dejaron el hígado y otros órganos vitales en estado lamentable.

Voy por el pasillo, en fin, pensando en un informe publicado hace poco: uno de cada diez trabajadores de hospital español sufre agresiones físicas por parte de pacientes o sus familiares, y siete de cada diez son objeto de amenazas o insultos ante la pasividad de los seguratas correspondientes. Que con frecuencia, según las circunstancias, prefieren no complicarse la vida. Y no deja de tener su lógica. Una cosa es decir no alborote, señora, caballero, a un ama de casa de Reus o a un jubilado de Úbeda cabreados con o sin motivo, y otra diferente, más peliaguda, impedir que un musulmán entre a la fuerza con su legítima en el quirófano, decirle a un subsahariano negro de color que no es hora de visitas, o informar a cuatro miembros de la mara Salvatrucha que la puñalada que recibió su amigo Winston Sánchez no se la podrán coser hasta mañana. Ahí, a poco que falle el tacto, sales en los periódicos.

Pienso en eso, como digo, mientras busco la habitación B-37. En éstas llego a una sala de espera con los asientos y el suelo cubiertos de mantas, papeles, vasos de plástico y botellas de agua vacías; y cuando me dispongo a embocar el pasillo inmediato, dos gitanillos que se persiguen uno a otro impactan, sucesivamente, contra mis piernas. Me zafo como puedo, mientras creo recordar que en los hospitales están prohibidos los niños, sueltos o amarrados. Luego miro en torno y veo a una señora entrada en carnes, con una teta fuera y dándole de mamar a una rolliza criatura que sorbe con ansia de superviviente. Slurp, slurp, slurp. A ver dónde me he metido, pienso con el natural desconcierto. Entonces miro hacia el pasillo y me paro en seco.

Imaginen un pasillo de hospital de toda la vida. Y allí, arremolinada, una quincena de personas vociferantes: seis o siete varones adultos, otras tantas mujeres y algunos niños parecidos a los que acaban de dislocarme una rótula en la sala de espera. Sobre los mayores, para que ustedes se hagan idea, tecleas juntas en Google las palabras García Lorca, Guardia Civil, Heredias, Camborios, primo y prima, y salen sus fotos: patillas, sombreros, algún bastón con flecos, dientes de oro y anillos de lo mismo. Sólo les falta un Mercedes del año 74. Los jóvenes visten de oscuro y tienen un aire desgarrado y peligroso que te rilas, a medio camino entre Navajita Plateá y las Barranquillas. En cuanto a las Rosarios, sólo echas de menos claveles en los moños. Las jóvenes tienen cinturas estrechas, pelo largo, negrísimo, y ojos trágicos. Una lleva un niño en brazos. Todas van de negro, como de luto anticipado. Y en el centro del barullo, pegado a la pared, un médico vestido de médico. Acojonado.

A José Antonio Rubio Sacristán

Voces de muerte sonaroncerca del Guadalquivir. Voces antiguas que cercanvoz de clavel varonil. Les clavó sobre las botas mordiscos de jabalí. En la lucha daba saltos jabonados de delfín. Bañó con sangre enemiga su corbata carmesí, pero eran cuatro puñales y tuvo que sucumbir. Cuando las estrellas clavan rejones al agua gris, cuando los era les sueñan verónicas de alhelí, voces de muerte sonaron cerca del Guadalquivir.
-Antonio Torres Heredia, Camborio de dura crin, moreno de verde luna, voz de clavel varonil:
¿Quién te ha quitado la vida cerca del Guadalquivir?-Mis cuatro primos Heredias, hijos de Benamejí. Lo que en otros no envidiaban, ya lo envidiaban en mí.Zapatos color corinto, medallones de marfil, y este cutis amasado con aceituna y jazmín.-¡Ay, Antoñito el Camborio, digno de una Emperatriz! Acuérdate de la Virgen porque te vas a morir.-¡Ay, Federico García, llama a la Guardia Civil! Ya mi talle se ha quebrado como caña de maíz.
Tres golpes de sangre tuvo y se murió de perfil.Viva moneda que nuncase volverá a repetir.
Un ángel marchoso ponesu cabeza en un cojín.Otros de rubor cansados encendieron un candil. Y cuando los cuatros primos llegan a Benamejí, voces de muerte cesaron cerca del Guadalquivir.


Navajita Plateá y Alba Molina -Noches de Bohemia-

«Ha matao ar papa, ha matao ar papa», gritan las mujeres, desgañitándose. Insultan y amenazan al médico los hombres, más sobrios y en su papel. «He dihe que ze moría y za muerto», dice uno de ellos, inapelable. «Te vi a rahá.» El médico, pálido, más blanco que su bata, la espalda contra la pared, balbucea explicaciones y excusas. Que si era muy viejo, que si aquello no tenía remedio. Que si la ciencia tiene sus límites, y tal. «Lo habei matao, criminá», vocifera otro, pasando mucho del discurso exculpatorio. Una de las Rosarios salta con extraño zapateado, agitándose la falda. «Er patriarca», se desmelena. «Er patriarca.» Lloran y gritan las otras, haciendo lo mismo. «Pinsharlo, pinsharlo», sugiere una de las jóvenes. «Que ha matao ar papa.»

Gitano viejo

Me quedo donde estoy, prudente. Mejor el médico que yo, pienso. Que cada cual enfrente su destino. Algunas cabezas de enfermos y visitantes asoman por las puertas de las habitaciones, contemplando el espectáculo con curiosidad. Miro alrededor, buscando una ruta de retirada idónea. Los dos gitanillos continúan persiguiéndose sobre las mantas y las botellas vacías, y el mamoncete sigue a lo suyo, pegado a la teta. Slurp, slurp. En la máquina del café, dos guardias de seguridad, vueltos de espaldas a lo que ocurre en el pasillo, parecen muy ocupados contando monedas y buscando la tecla adecuada para servirse un cortado. Me acerco a ellos. ¿Hay capuchino?, pregunto, metiendo un euro. Ellos mismos pulsan mi tecla, amables. Estamos los tres en silencio mientras sale el chorrito.

Boda gitana. Favia

Arturo Pérez-Reverte. XLSemanal, 9 de Agosto de 2009

domingo, 2 de agosto de 2009

EL CIELO FUE TESTIGO

El cielo fue testigo

Esta película dirigida por John Huston en el año 1957 e interpretada por Deborah Kerr y Robert Mitchum es una historia entre un soldado y una monja en una isla del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. La relación de los personajes está tratada con gran sensibilidad y respeto hacia los dos mundos de donde provienen cada uno de ellos, un soldado de infanteria de marina y una novicia católica. La afectividad que se va creando entre este hombre y esta mujer contiene una carga emotiva atrincherada diríamos por las reglas a las que se ven sometidos en sus contextos de origen. La isla como territorio de encuentro de dos vidas unidas por un conflicto bélico pero a su vez un espacio de reconocimiento de dos seres solitarios con disciplinas similares y faltos del otro sexo como origen o retorno al paraiso, cuando él le dice a ella que son como Adán y Eva porque en ese lugar no tiene sentido la milicia ni las oraciones, sólo vivir.

La aparición de los japoneses en la isla y su ocupación durante un tiempo hará que aflore en él el instinto de protección hacia ella y de guerrero en defensa del territorio, asumiendo riesgos ante el enemigo. Ella está atrapada en sus propios códigos aunque en algún momento no puede ocultar un sentimiento mezcla de ternura y pasión contenida que él le despierta.

Quién sabe si esta historia escrita en el presente hubiera cambiado el destino de uno y otro. Robert Mitchum me ha ganado en este personaje, era un actor que no acababa de encajar en mis admirados de los de siempre. Deborah, aquí sigue siendo la actriz de escuadra y cartabón sin desbordar los excesos, su falsa frialdad que te conmueve como las estatuas griegas.



El cielo fue testigo. Director John Huston. 1967. Con Deborah Kerr y Robert Mitchum

LA FUNDADORA DEL PRADO


Isabel de Braganza. 1829. Óleso sobre lienzo. 254x172cm. Bernardo López Piquer.
Museo del Prado

Muy pocos portugueses saben que la fundadora del Museo del Prado de Madrid fue Maria Isabel de Braganza, lisboeta, hija del rey portugués Don Juan VI y de Carlota Joaquina de Borbón, que se convertiría en reina de España tras casar en 1816 con su tío Fernando VII. Algunos aficionados a la historia, y más particularmente a la historia del arte, llegan a descubrir que el que hoy es considerado uno de los más importantes museos del mundo, se fundó gracias a una portuguesa. Pero a pesar de ser uno de los museos que más visitan los turistas lusos, este importante dato pasa desapercibido para la mayor parte de ellos.
De forma casual Nuno Lima de Carvalho, director de la Galería de Arte del Casino de Estoril, y un gran amante de España, tuvo conocimiento de la noticia. Su nieto participó en la primera Ruta Ibérica que desde hace tres años organiza el periodista Agustín Remesal con jóvenes de los dos países. En una posterior reunión que los “ruteros ibéricos” realizaron a Salamanca visitaron la exposición “El retrato español en el Prado (de Goya a Sorolla)”, cuyo catálogo acabaría siendo un regalo para su abuelo. “Viendo este magnífico libro descubrí el retrato de la reina María Isabel de Braganza, en donde señalaban que era la fundadora del Museo del Prado”, explica Lima de Carvalho a ABC.
Una agradable sorpresa que le llevó a investigar todos los datos relativos posibles. Aficionada a Bellas Artes, Maria Isabel de Braganza practicaba la pintura y según cuentan los biógrafos, logró convencer a su marido para convertir el edificio de Juan de Villanueva, destinado en origen a albergar un Gabinete de Ciencias Naturales, en museo de arte. A Fernando VII le agradó la idea de poder guardar en este espacio todas las obras de arte de la Corona. El retrato que se conserva en el Prado fue pintado por Bernardo López Piquer, hijo de Vicente López. Datado en 1829, fue realizado once años después de la muerte de la reina, que falleció cuando daba a luz. En dicho retrato, Maria Isabel de Braganza apunta con el brazo derecho al edificio del museo que se ve a través de una ventana. Su mano izquierda está apoyada sobre una mesa, por encima de planos del museo. Los historiadores han destacado la importancia de este retrato con el cual la reina está representada como fundadora del museo.

Fachada del Museo del Prado pintada por Goya

Lo más sorprendente para Lima de Carvalho fue descubrir que tantas personalidades portuguesas desconociesen tan relevante hecho, y que incluso la familia de Braganza (Herederos al trono de Portugal) o en la Embajada de Portugal en España no se tuviese constancia de ello. “¿Cómo lograr divulgar la noticia?”, pensó, y entre sus ideas nació la de crear un premio de pintura con el nombre de la reina, que ya ha celebrado su primera edición. Además comenzó a escribir una carta a muchos alcaldes de Portugal, para informarles y al mismo tiempo buscar su apoyo para esta divulgación. El resultado está siendo muy positivo, pues hay ayuntamientos que han decidido dar el nombre de la reina Maria Isabel de Braganza a algún monumento o calle de su ciudad. Otro de los contactos realizados ha sido con la asociación de agencias de viajes, con el fin de poder divulgar la noticia a los turistas portugueses que visitan la capital española.
El cuadro en estos momentos no está expuesto, pero está previsto que vuelva a estar en una de las salas del Prado dentro de unos meses. Lima de Carvalho recuerda que los españoles no olvidan ni esconden el hecho de que haya sido una portuguesa la fundadora del Prado y lamenta que sea desconocido por la generalidad de los portugueses. Se merecía, al menos, “que constase su nombre en la toponimia de los centros urbanos y que su labor fuese registrada en los libros escolares de Historia”.

Belén Rodrígo. ABC Diario. 02-08-2009

jueves, 30 de julio de 2009

EL MUSEO Y EL PATRIMONIO BÉLICO-MILITAR

La guerra y todo lo que rodea a esta actividad es un campo tradicional de la museología. Sin embargo, a lo largo del siglo XX y por diversas razones, el patrimonio militar europeo está revalorizado enormemente, encontrando los museólogos en este ámbito enormes posibilidades de investigación científica y aplicaciones didácticas, muy en relación con las recreaciones históricas.
La guerra forma parte de la Historia y sería absurdo pretender que se pueda entender ésta sin aquella. Desde que el concepto de patrimonio se ha extendido a otros campos que no son estríctamente artísticos y arqueológicos, todo lo que tiene que ver con el devenir de los hombres tiene interés, incluida la barbarie y la violencia. La diversidad del patrimonio militar es enorme y proporcional a los esfuerzos invertidos, en todo tiempo y lugar, por procurar seguridad y control del territorio. Los restos bélicos dejados en el paisaje, tales como murallas y líneas defensivas, la adecuación de los asentamientos a un recinto murario y todas las tipologías de objetos y artefactos diversos con función ofensiva o defensiva elaborados por la Humanidad no pueden ignorarse en aras de un pseudopacifismo que niegue los valores históricos, arquitectónicos, tecnológicos y también artísticos de este ámbito de nuestro pasado.




Castillo medieval
En este sentido conviene recordar que hoy constituyen Patrimonio de la Humanidad y sin que ninguna voz haya cuestionado su elección unánime, numerosos recientos defensivos y castillos medievales, como la Gran Muralla China o el casco antiguo de Dubrovnik en Croacia.
En España los museos militares y en especial su "buque insignia", el Museo del Ejército, cuyos precedentes corresponden a la época e iniciativa de Godoy a principios del siglo XIX, la historia militar del país.
Y es que el reconocimiento de la historia militar y en consecuencia la puesta en valor de los lugares ligados a ella tienen una gran raigambre en Estados Unidos y en buena parte de Europa. En el primer caso ha de citarse la musealización del lugar en el que tuvo lugar la batalla de Saratoga de 1777, en Nueva York, que ha dado lugar al Saratoga Nacional Historic Park, creado en fecha tan temprana como 1927 para conmemorar la batalla decisiva en la lucha por la independencia americana. En Eurpa este interés guarda sobre todo con los acontecimientos bélicos de la Segunda Guerra Mundial, pero también con la llamada Gran Guerra y los grandes hitos de la expansión napoleónica. En Francia el Musée de la Bataille de Verdun sirvió para conmemorar esta importante batalla de la Segunda Guerra Mundial, pero su instalación data de 1967 y hoy resulta, en cuanto a su exposición, algo anticuada. Sin embargo, la idea se exportó a otros muchos museos y memoriales que se crearon en los años 90 con el propósito de explicar el patrimonio militar al gran público. Por ejemplo, al dedicado a la Gran Guerra en Peronne o al pequeño museo monográfico de Vimy, cerca de Arras.




A las trincheras
En Normandía son numerosísimos los centros y museos que han surgido en relación con el desembarco de los aliados en 1944: Arromanches, Caen, Calais, Omaha Beach....son algunos de los 36 centros relacionados con él, hasta el punto de que se ha llegado a afirmar que la economía de Normandía vive hoy, directa e indirectamente, de los recursos que obtiene del recuerdo del desembarco aliado. También se ha musealizado el entorno de la batalla del Somme y el de Las Ardenas.
Tampoco están ausentes los museos dedicados a la Segunda Guerra Mundial en Alemania, si bien los que más interesa destacar son los relacionados con la memoria del holocausto judío.

La líneas establecidas con motivo de las grandes contiendas europeas han sido también objeto de musealización en algunos casos. Así, la Línea Maginot, especialmente en la zona de Alsacia y Lorena, establecida por el ministro de la Guerra francés André Maginot en 1930, o el Museo del Atlántico, desarrollado como defensa por los alemanes en la zona de Normandía con objeto de evitar el avance enemigo. Hoy se han convertido en interesantes centros de explicación del patrimonio que permiten al visitante reflexionar sobre la guerra y también sobre la paz.




Museo de Normandía
Hay que citar también los museos monográficos que tienen el doble interés de conservar los avances de la tecnología puesta al servicio de la vida militar, en especial, durante el siglo XX. El Musée de L'Air et de L'Espace Le Bourget, creado en 1916 en Francia, es uno de ellos. En España cabría citar el Museo de Aeronáutica de Cuatro Vientos, el Museo de Unidades Acorazadas de El Goloso o el Museo de Vehículos de Torrejón de Ardoz, todos ellos de titularidad militar. En cuanto al patrimonio militar naval, desgraciadamente son pocos los ejemplos españoles que pueden citarse, con la honrosa excepción del Museo Naval del Ministerio de Defensa. Sin embargo, no se han conservado y musealizado buques de diferentes épocas, como sí ha ocurrido en países como Suecia o Inglaterra.

En España se conservan convertidos en museos militares o musealizados por su interés monumental algunos de los muchos castillos medievales (Alcázar de Segovia, Castillo de Manzanares el Real...) fortalezas barrocas (Puigcerdá, Alburquerque, Ciudad Rodrigo, Pamplona, Jaca...) y fortines que posee nuestro país. Entre los primeros cabe citar a modo de ejemplo el actual Museo de -El Desnarigado-, en Ceuta, con antecedentes en fuertes del siglo XV y XVI. A principios del siglo XX, el fuerte dejó de prestar servicio como batería y pasó a ser polvorín, para convertirse finalmente en 1984 en un museo dedicado a mostrar la historia militar de la ciudad.
Entreel rico patrimonio de forticaciones que pertenece y es administrado por el Departamento de Defensa cabe destacar también la intervención en el Castillo de San Fernando en Figueras. Es éste una magnífica fortalezal tipo "Vauban" que terminó de construirse muy avanzado el siglo XVIII y hoy se ha convertido en un centro patrimonial que se mantiene gracias a la coordinación y participación de tres administraciones públicas: su titular, el Ministerio de Defensa, la Generalitat catalana y el Ayuntamiento de Figueras.
Por el contrario, no se han potenciado demasiado hasta la fecha muchos otros aspectos del patrimonio militar, como por ejemplo la localización para el estudio histórico de los campos de batalla y de las líneas defensivas y atrincheramientos, si bien han ido surgiendo en ocasiones vestigios de éstos como consecuencia de la intervención puntual sobre el patrimonio arqueológico o los trabajos de la llamada Arqueología Preventiva en cada región. Así, en la Comunidad Autónoma de Madrid se han localizado las lineas defensivas de la capital en las terrazas del Manzanares como consecuencia de la elaboración de la Carta Arqueológica de la región.

EL TIEMPO, GRAN ESCULTOR.

La erosión debida a los elementos y a la brutalidad de los hombres se unen para crear una apariencia sin igual que recuerda a un bloque de piedra debastado por las olas. Alguna de estas modificaciones son sublimes y añaden una belleza involuntaria, asomada a los avatares de la historia, debida a los efectos de las causas naturales y del tiempo. La Victoria de Samotracia es ahora menos mujer y más viento de mar y cielo...